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Sumario

Introducción
Más que una Isla... un diminuto continente
Ábrete sésamo
Indigno pasado para un paraíso
Clorofila convertida en oro
Ciudad de Coral
Un mito nacido de plumas que nunca la vieron
¿El Doctor Livingstone, supongo?
Sol, arena y cocoteros
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Zanzíbar
Un paraíso nacido del infierno
Texto: Miguel Caselles. Fotos: Victoria Sánchez
 
 Sol, arena y cocoteros
 
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© Victoria Sánchez

Cuando la tierra de Zanzíbar se escurre bajo las aguas del gran Océano, los horizontes sin medida son la única medida posible para calibrar unos parajes que dan su verdadero significado al termino “paradisiaco”. Playas de arena dorada; hileras de cocoteros combados; olas azules, turquesas, plateadas o doradas, según sea la posición del sol, y fabulosos arrecifes de coral, forman el escenario.

El trajinar de paisanos pescando; recogiendo algas; reparando las redes y las velas de sus dhows (catamaranes tradicionales de pesca) o construyendo, en afanadas cuadrillas, los característicos butres (barcos de cierta envergadura) que son hechos al aire libre totalmente a mano y con herramientas rudimentarias, lejos de cualquier punto de electricidad, son los personajes. Escenario y personajes que se convierten, sin saberlo, en un magnífico teatro de vanguardia cotidiano a cuyas representaciones se puede asistir mientras sorbemos el agua fresca de un coco, paladeamos una jugosa piña o damos cuenta de una apetitosa langosta recién sacada del mar a la sombra de una palmera.

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© Victoria Sánchez

Al caer la tarde, antes de que el sol sea devorado por el horizonte convertido en oro líquido, surgen los mejores momentos. Una calma cargada de energía se apodera de la playa. Una vez los dhows de pesca regresan para descargar las capturas del día que serán vendidas en concurridos o improvisados mercados, los hombres y los niños se regalan los últimos haces de luz para entretenerse pescando a sedal, compartir tertulia, disputar animadas partidas de keram, regatearse un balón de corcho, pasear, o pedalear en desvencijadas bicicletas a un palmo de las olas.

Mientras, las mujeres y las niñas con el agua a la cintura y red en mano, se distribuyen en divertidos corros chapoteando para cercar a cuantos más peces mejor. Al ocaso del día, tras la postrera llamada del eco lastimero que los minaretes lanzan para rezar cara a la Meca, las últimas luces se desparraman de forma sobrecogedora. Todo el espacio que durante el día abarcó la vista ahora se condensa en los colores cálidos que van surgiendo de las nubes, de la tierra y del agua, hasta que la noche da paso a uno de los firmamentos más negros y estrellados del planeta. Si además acompaña la luna llena, pasear con el murmullo de las olas rozándonos a cada paso, será una paz difícil de olvidar...

Continúa


 

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