Cuando la tierra de
Zanzíbar se escurre bajo las aguas del gran Océano, los
horizontes sin medida son la única medida posible para calibrar
unos parajes que dan su verdadero significado al termino “paradisiaco”.
Playas de arena dorada; hileras de cocoteros combados; olas
azules, turquesas, plateadas o doradas, según sea la posición
del sol, y fabulosos arrecifes de coral, forman el escenario.
El trajinar de
paisanos pescando; recogiendo algas; reparando las redes y las
velas de sus dhows (catamaranes tradicionales de pesca) o
construyendo, en afanadas cuadrillas, los característicos
butres (barcos de cierta envergadura) que son hechos al aire
libre totalmente a mano y con herramientas rudimentarias, lejos
de cualquier punto de electricidad, son los personajes.
Escenario y personajes que se convierten, sin saberlo, en un
magnífico teatro de vanguardia cotidiano a cuyas
representaciones se puede asistir mientras sorbemos el agua
fresca de un coco, paladeamos una jugosa piña o damos cuenta de
una apetitosa langosta recién sacada del mar a la sombra de una
palmera.

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Al caer la tarde,
antes de que el sol sea devorado por el horizonte convertido en
oro líquido, surgen los mejores momentos. Una calma cargada de
energía se apodera de la playa. Una vez los dhows de pesca
regresan para descargar las capturas del día que serán
vendidas en concurridos o improvisados mercados, los hombres y
los niños se regalan los últimos haces de luz para
entretenerse pescando a sedal, compartir tertulia, disputar
animadas partidas de keram, regatearse un balón de corcho,
pasear, o pedalear en desvencijadas bicicletas a un palmo de las
olas.
Mientras, las mujeres
y las niñas con el agua a la cintura y red en mano, se
distribuyen en divertidos corros chapoteando para cercar a
cuantos más peces mejor. Al ocaso del día, tras la postrera
llamada del eco lastimero que los minaretes lanzan para rezar
cara a la Meca, las últimas luces se desparraman de forma
sobrecogedora. Todo el espacio que durante el día abarcó la
vista ahora se condensa en los colores cálidos que van
surgiendo de las nubes, de la tierra y del agua, hasta que la
noche da paso a uno de los firmamentos más negros y estrellados
del planeta. Si además acompaña la luna llena, pasear con el
murmullo de las olas rozándonos a cada paso, será una paz
difícil de olvidar...
Continúa