Guerras, monopolios y
elevados impuestos hicieron cada vez más difícil el comercio
de las especias entre las potencias europeas y Asia. Alcanzados
unos precios que igualaban a los del oro, aparecen nuevos
lugares más accesibles donde florece súbitamente el cultivo de
las más preciadas especias. Un prospero comercio hace que estos
condimentos, en aquel entonces básicos para la medicina, los
aliños culinarios, los perfumes y otros usos más exotéricos,
de secreto bien guardado, sean parte del sustento de todo el
archipiélago.
Para el visitante, la
mejor manera de conocer el desconocido mundo de las especias, de
sus formulas magistrales, de sus tónicos clandestinos y de lo
que supuso su comercio en Zanzíbar, es adentrarse en la región
de las colinas, donde se dan las plantaciones tropicales, de la
mano de algún guía local que nos ayude a pasar una a una las
preciadas páginas de esta interesante enciclopedia de hojas de
clorofila.
Machete en mano, recolectará granos, hojas, frutos,
bayas, raíces, tubérculos, cortezas..., las espachurrará
entre sus dedos para extraerles su aroma, otras habrá que
morderlas para saborearlas y otras, tan solo con su color
suscitarán el asombro de los asistentes a esta clase de
botánica tropical.
Por el valor que
alcanzaba, la especia estrella del pasado de Zanzíbar, junto
con el marfil y el tráfico de esclavos levantó una pródiga
economía, fue el clavo. Pero la canela, el cilantro, la
pimienta, el comino, la nuez moscada, el cardamomo, entre otras
muchas y sus diferentes combinaciones, aliñaron, curaron,
perfumaron e incluso estimularon a base de afrodisiacos
naturales la decadencia de la vieja Europa.
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