Desde su palacio de
Mascate, capital de Omán, a más de 3.000 kilómetros, el
Sultán de Omán gobernó Zanzíbar a su antojo. La necesidad de
fortalecer la economía de su país le llevo a instaurar el
sistema de esclavitud como formula de boyante comercio. No se
equivocó. En un siglo más que lucrativo, más de un millón y
medio de esclavos africanos fueron cazados en el continente,
llevados a Zanzíbar, encadenados y hacinados en mazmorras
nauseabundas a la espera de ser subastados, cuatriplicado su
precio de origen, en los mercados al mejor postor.
Después, semanas de
interminables travesías marítimas, encerrados en las oscuras
bodegas junto a otras “mercancías no humanas” y mejor
tratadas, llegaban a los puertos de las ciudades donde eran
revendidos de nuevo o pasaban a depender del amo que les
explotaría como animales de carga el resto de su vida. No fue
hasta finales de siglo cuando el sultán de turno firmó la
abolición de la esclavitud, si bien esta atroz forma de trabajo
forzado se mantuvo encubierta prácticamente hasta principios
del siglo XX.

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Para mantener siempre fresca la
memoria de lo que fueron aquellos años de infortunio para
tantos seres humanos, una iglesia anglicana fue levantada sobre
lo que en su día fue el mercado de esclavos. De inexcusable
visita, uno puede notar como se le hiela la sangre al pisar en
el lugar donde se azotaba a los esclavos para demostrar al
comprador la valía de la “mercancía”; palidecer frente al
lugar donde los negreros mataban a los niños recién nacidos
cuando la madre era vendida; o sentir como se le forma un nudo
en la garganta al tocar las argollas encadenadas que sujetaron
los cuellos de tantos africanos...
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