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Aferrados al principio de los tiempos y
desperdigados por los aislados valles de la anatomía
montañosa del dragón, viven 54 grupos étnicos en aldeas
olvidadas de los mapas. Es precisamente en esas aldeas
lejanas, a donde pocos occidentales se aventuran, en las que
un encuentro supone todo un acontecimiento mutuo entre dos
mundos que será largamente recordado por los paisanos
locales.
Camino de la frontera China, las remotas
montañas del norte amparan recónditos asentamientos humanos
al borde de la desaparición o de la absorción por el
insolente progreso ajeno a tantas otras minorías. Son tribus
que viven del cultivo, del mercadeo y del trueque
arrancándole a este inhóspito territorio la mejor de las
sonrisas. Es el caso de la norteña aldea de Bac Ha, a la que
llegan cada domingo grupos de valles lejanos para comerciar
con sus productos, convirtiendo a esta pequeña aldea en un
increíble mosaico humano. H´mongs Negros, H´mong Floreados,
Giaos Rojos, Dzaos, Zays, Phulas, Nungs y otros grupos
compran, venden y comparten afición: chupar sin descanso el
dulce corte de las cañas de azúcar. Otros mercados que en
esta zona también prometen interesantes visitas son el de
Cancau, los sábados, y el de Cocly, los jueves.

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Buscando en los tiempos del dragón, el
viajero se topará, en los lugares más insospechados de su
arrugado pellejo, con “ciudades perdidas” que fueron
abandonadas por antiguos pueblos como si hubiesen sido dadas
en ofrenda al voraz abrazo de jungla. Son conjuntos
arquitectónicos decorados con escenas de la época
construidos por culturas que crecieron, florecieron y
desaparecieron compartiendo franca existencia con el medio
natural.
La cultura Chan fue una de esas importantes
civilizaciones que dejaron tatuado su pasado en la piel del
dragón, y que puede estudiarse con detenimiento en el Museo
Chan de la ciudad de Danang. De obligada visita es la
ciudadela de My Son, uno de los legados más importantes de
esta cultura, levantada sobre un espléndido valle rodeado de
montañas, si bien los cráteres visibles en sus proximidades
delatan que el 80% de la ciudadela fue destruido por
indiscriminados bombardeos. Un paseo entre sus edificios y
estatuas, construidos mediante la técnica de ladrillo cocido
y pegado, trasladarán irremediablemente al visitante a un
misterioso pasado de sabiduría, cuyo origen y fin permanecen
sin desvelar.

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De profundas convicciones, los vietnamitas profesan la
doctrina budista en todos los aspectos de la vida. Especialmente
en lo concerniente a sus antepasados... pues son los que desde
el más allá velarán en todo momento por los vivos. Desde los
pequeños altares de las casas a los más fastuosos Budas,
presidiendo templos y pagodas, forman parte de la cotidiana
religiosidad vietnamita. A lo largo de campos y ciudades es
continua la demostración espiritual de hombres, mujeres y
niños. Más que patente en los Palacios de Río Perfumes o en
las verticales cuevas-pagoda de las Montañas de Mármol, donde
nunca faltan varillas de incienso prendidas para ahuyentar a los
malos espíritus... Espíritus y
dragones que el viajero siempre tendrá de su parte a lo largo
de su paso por Vietnam... el otro Vietnam.
Continúa

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