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Al sur, el gran Delta del Río Mekong,
conocido como el de “los nueve dragones”, es un complejo
enjambre de canales que se ramifican en busca del Mar de
China, convirtiendo a toda la región en la más fértil del
país siempre y cuando los tifones lo permiten. El peregrinaje
del Río Mekong comienza en la meseta del Tíbet a 5.000
metros de altitud y en su descenso atraviesa Myamar
(Birmania), Laos, Tailandia, Camboya y Vietnam en un periplo
de 4.500 kilómetros hasta encontrarse con el mar. Ya en
territorio vietnamita, las deshilachadas aguas del Mecong se
amansan y dejan crecer ciudades y pequeñas aldeas ancladas
sobre pilastras de madera que alojan mercados y más mercados
flotantes. Frutas, hortalizas, huevos, aves, mil tipos de
pescados y todo lo impensable es vendido o cambiado sobre las
aguas. Y así, mientras el río se hace mar, a lo largo de
kilómetros de orillas rizadas por manglares, los paisanos
cultivan o lanzan una vez más sedales y redes en busca de
buena pesca.

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No es difícil creer en las viejas leyendas
que narran como bajo las aguas de la Bahía de Halong, al
norte, habita un enorme dragón y
que las cerca de 3.000 picudas islas de la bahía son la
dentada cresta de su cola... Así se antoja cuando se navega
entre la colosal maraña de verticales islotes tupidos de
frondosa vegetación que forman la bahía. Son islas montaña
de origen cárstico erosionadas a su antojo por el oleaje, que
también ha conseguido horadar algunas grutas solo accesibles
por mar o tras una corta caminata.
Siete siglos antes de nuestra era ya se
pescaba en la Bahía de Halong y así, utilizando
prácticamente las mismas artes y los mismos aparejos, se
sigue pescando hoy desde los cientos de barcas y juncos que a
vela o a remo día y noche salen en busca de capturas. Esta
tradicional forma de vida ha inclinado a una parte de la
población local a vivir sobre sus casas flotantes, sin apenas
necesidad de tocar tierra firme.
Otro interesante rincón de la Bahía, este
menos visitado por los turistas, es el puerto pesquero de la
ciudad de Halong, al que se llega cruzando en ferry la Bahía
y después compartiendo el asiento trasero de una mototaxi con
uno, dos o más pasajeros, dependiendo del volumen de estos.
Una vez allí, conviene esperar, ya de tarde, al regreso de
las chalupas repletas de pescados frescos y ver como se
trasladan para su venta a los atiborrados tenderetes del
atestado mercado que se extiende a solo uno pasos.
Para el viajero, la mejor manera de conocer
los secretos de la Bahía… y del dragón es a bordo de
alguna embarcación que le conduzca a través de este
espejismo de agua y sombras. Que al atardecer, cuando los
últimos rayos de sol incendian las aguas, provoca una
composición irreal, a veces fantasmagórica, de las aguas del
Golfo de Tonquín... Verde clorofila y negro pétreo sobre una
alfombra líquida densamente azul.
Continúa

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