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A pesar de hospitalidad del pueblo
vietnamita, tal vez sea este país uno de los que más veces
ha tenido que defenderse de agresiones exteriores. En tan solo
40 años de su reciente historia un ejército de campesinos y
artesanos consiguieron expulsar de su territorio a cuatro de
las más poderosas potencias mundiales: Francia, Japón, China
y EEUU. Así es la heroica biografía de este pueblo que
eligió luchar soportando todo tipo de atrocidades y que
parece no guardar rencor al pasado. Una visita a los Museos de
la Historia en Ho Chi Minh o en Hanoi desvelarán al visitante
la otra versión de la guerra que las grandes producciones
cinematográficas nunca mostraron. Las imágenes de bombardeos
masivos e indiscriminados; de niños quemados vivos por el
napalm; de monjes bonzo autoinmolándose en protesta por la
ocupación; de niños nacidos con terribles deformaciones
debido a los agentes químicos… no dejarán indiferente al
visitante. Precisamente, fueron algunas de esas secuencias
captadas por los enviados especiales (135 corresponsales
murieron en esa guerra) las que removieron las conciencias de
gran parte de la sociedad estadounidense que, atónita, tuvo
que asistir a la atropellada huida en atestados helicópteros
de políticos, civiles y militares desde la azotea de la
embajada americana en Saigón.

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De un lado, 58.183 jóvenes norteamericanos
(muertos y desaparecidos) y sus familias fueron las víctimas
de la gran farsa de una guerra como tantas otras inútil. Del
otro lado, cinco millones de vietnamitas muertos,
desaparecidos, heridos o lisiados de por vida en una
estadística que parece no finalizar. Y es que las
consecuencias de los trece millones de toneladas de bombas
lanzadas por los bombarderos B-52, de la guerra química, de
las fumigaciones con defoliantes, del napalm, de las torturas
generalizadas y de las minas juguete continúan presentes en
algunos sectores sociales. Desde el final de esta guerra que
nunca fue declarada, más de dos mil personas, principalmente
campesinos, siguen siendo víctimas en tiempo de paz de la
chatarra y de las minas antipersona. Por muchos rincones
todavía son visibles los restos y las consecuencias del
conflicto: Búnkers, tanques, helicópteros y aviones
desvencijados junto a todo tipo de morralla se desparraman a
lo largo del país a modo de recordatorio de lo que fue el
amargo pasado.
La eficacia de las tropas del Viet Cong
rozaba lo sobrehumano. A menos de 30 kilómetros de Saigón
(hoy Ho Chi Minh), cerca de las bases norteamericanas, cientos
de campesinos excavaron una red de 250 kilómetros de
estrechos túneles, conocidos como Túneles de Cuchi y
convertidos hoy en inexcusable visita turística. Se trata de
un auténtico fortín en forma de gigantesco hormiguero que
disponía de tres niveles, diferentes entradas y salidas
(algunas preparadas como cepos para repeler la entrada de
enemigos), dormitorios, cocinas, incluso precarios
quirófanos. Desde esta gigantesca madriguera protectora en la
que llegaron a vivir 5.000 combatientes, se organizaron muchos
de los ataques contra el ejercito estadounidense, que nunca
consiguió acceder a ellos.

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Fueron algunos de estos ingeniosos sistemas
de guerra de guerrillas, apoyados por una prodigiosa
organización civil, los que acabaron con la moral de las
tropas norteamericanas, pues mientras eran bombardeados
carreras y puentes una marea humana, al cobijo de la jungla,
se encargaba de reconstruirlos durante la noche y de
transportar material de guerra y provisiones, a cuestas o en
bicicleta, hasta donde se precisaban. Esta red fantasma de
abastos consiguió cruzar a relevos de norte a sur todo el
país por la famosa “Ruta Ho Chi Minh”, en parte,
utilizando territorio laosiano, lo que provocó que este país
recibiera tantos o más bombardeos que el propio Vietnam.
Actualmente, la población campesina de Laos es una de las
más castigadas por los efectos diarios de las minas
antipersona lanzadas hace más de 25 años.
Mucho más lejana en el calendario bélico
de la historia vietnamita se reseña otra fugaz invasión
exterior, testigos de la cual son las tumbas de los soldados
españoles que, procedentes de Filipinas en 1857, ayudaron a
las tropas francesas a tomar el territorio y que pueden
visitarse en un cementerio al norte de la costera ciudad de
Danang.
Continúa

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