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Los devastadores bombardeos estadounidenses
en el norte del país redujeron a hierros retorcidos el
tendido ferroviario del antiguo “Transindochino”. Túneles
y puentes se convirtieron en preciados objetivos militares
para los B-52. Sin embargo, la laboriosa entrega del pueblo
vietnamita consiguió en tan solo año y medio, tras expulsar
a EEUU, hacer rodar de nuevo al rebautizado como “Expreso de
la Reunificación” entre las estaciones de Hanoi y Ho Chi
Minh, para lo cual 158 estaciones, 1.334 puentes y 27 túneles
fueron reconstruidos.
Actualmente, el Expreso de la
Reunificación recorre los 1.730 kilómetros de vía distantes
entre las estaciones de Ho Chi Minh y Hanoi a poco más de 40
kilómetros por hora de media. Una velocidad razonablemente
rauda si tenemos en cuenta que las infraestructuras del país
son limitadas, que debido a la orografía por la que transita
necesitó de hábiles trabajos de ingeniería y que son
multitud las paradas que realiza. Y es que, a lo largo de
Vietnam todo fluye a un compás cuya lentitud finalmente
resulta ágil y, desde luego, totalmente eficaz.

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Para el viajero recién llegado, la
posibilidad de recorrer Vietnam en tren es la oportunidad de
vivir una magnífica aventura, tanto si se recurre al el “veloz”
Expreso como a los entrañables trenes locales que unen
ciertas poblaciones a paso de tortuga. Cuatro convoyes
circulan a diario por la vía principal en cada sentido,
pudiendo el pasajero acomodarse en asiento duro o blando y en
litera dura o blanda. De cualquier forma, al paso de los
kilómetros la estancia en los versátiles vagones irá
tornándose en entretenidas representaciones. En el interior:
corrillos de pasajeros conversando en distendidas tertulias;
timbas de expertos tahúres disputando alborotadas partidas de
cartas; vendedores ofreciendo chucherías, café o refrescos;
solitarios leyendo periódicos de escritura imposible o
pequeños sonrientes que ofrecen golosinas al extranjero que
tienen enfrente… Mientras que hacia el exterior, la
ventanilla a modo de pantalla mostrará los dispares
escenarios de un paisaje desmesurado. Especialmente
interesante resulta la ventanilla derecha a lo largo del
trayecto entre las estaciones de Danang y Hue, por el que la
serpiente metálica circula abriéndose paso bajo las
selváticas montañas centrales de la Cordillera Annamita,
casi mojándose con el oleaje del Mar de China. Todo ello
aderezado con el ambiente que genera la llegada del tren a las
diferentes estaciones, cuando los andenes pasan a convertirse
en dispar bazar de alimentos, golosinas y bebidas que
vendedores ambulantes ofrecen por pasillos y ventanillas.

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Pero no solo el ferrocarril rueda por suelo
vietnamita. Cada uno de sus 75 millones de habitantes se
desplaza de una u otra forma sobre ruedas. Carros, bicicletas,
motos, cada vez más coches, camiones, autobuses y cualquier
artilugio que pueda rodar comparten espacio y velocidad por
carreteras y caminos esquivando obstáculos y ganando metros
al destino. En las grandes ciudades, la conducción y destreza
de los conductores locales es todo un espectáculo para el
forastero disponible a pie de calle, pues a pesar de que los
semáforos tan solo son parte del decorado urbano rara vez se
provocan embotellamientos. Por cierto, cruzar una calle en
ciudades principales como Ho Chi Minh o Hanoi, aunque el
semáforo permanezca verde para peatones, puede convertirse en
un ejercicio de funambulismo para el que será necesario días
de entrenamiento y sobre todo decisión, mucha decisión.
Continúa

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