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El arroz ha sido y sigue siendo el producto
base de la alimentación vietnamita. Tanto de las grandes
extensiones anegadas del delta del Río Mekong, al sur, y de
las del Río Rojo, al norte, se recogen las cosechas que
complacen a millones de estómagos. Entre estos dos inmensos
silos median más de tres mil kilómetros de costa lindante
con una abrupta y selvática cadena montañosa, en cuyas
fértiles laderas los paisanos tuvieron que inventar la
necesaria horizontal, mediante el característico sistema de
terrazas, para cultivar también el prodigioso grano blanco.
Grandes extensiones o pequeños huertos, cualquier superficie
potencialmente encharcable será acondicionada como campo de
labor para su cultivo.

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Parece ser que la búsqueda de nuevos
campos fértiles fue el motivo de las migraciones que desde el
norte del país alcanzaron los deltas del sur, enraizando en
tan largo y lento camino la llamada “cultura del arroz”. Y
es que desde hace milenios, el hombre del sudeste asiático ha
emparentado su ciclo vital y emocional a los ciclos
productivos del tallo de arroz, buscando así favorecer
espiritualmente la necesaria fecundidad de campos y semillas.
Su cultivo es más que una forma de vida, es una dependencia
física y espiritual, por eso cuando un campesino muere es
enterrado en mitad del arrozal, para que así su espíritu
impregne el nuevo grano de arroz que será alimento de futuras
generaciones.
Cuando los monzones inundan los campos, a
principios de junio, comienza la siembra al paso de las yuntas
de búfalos. Tallo a tallo, el arroz previamente germinado en
semilleros es transplantado con la esperanza de que los
designios superiores sean propicios. Una vez las espigas han
conseguido cargase del deseado grano blanco llega el momento
de recoger la cosecha. Será una labor lenta y laboriosa sin
más ayuda mecánica que el tradicional tiro de búfalos.
Encorvados y al compás de la hoz, toda la familia
participará en la siega de los esbeltos tallos ya vencidos
por el peso de las espigas, que luego habrán de secarse
extendidas al sol antes del trillado final. En algunas aldeas,
con la involuntaria ayuda de coches y camiones que ruedan por
encima de improvisadas parvas tendidas en plena carretera bajo
la atenta mirada de su cuidador, que esperará paciente a que
cascara y grano se separaren antes de ser aventados.

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Gracias a las sustentadoras cosechas de
arroz, Vietnam ha escrito su pasado y construye el presente
alimentando a sus 75 millones de habitantes, de los cuales el
80% vive con los pies en el agua ocupados de su cultivo. No
sólo es el alimento que preside o guarniciona los mil y un
platos de la sabrosa gastronomía local, sino que de las 80
variedades de grano también se obtiene harina, papel de
arroz, tallarines, aceite, cerveza, medicinas, productos de
cosmética y tantos otros derivados. Por eso, una vez sentados
a la mesa frente a un plato vietnamita y como deferencia hacia
nuestros anfitriones, conviene aprender a utilizar lo más “dignamente”
posible el noble y difícil arte de comer con palillos.
Continúa

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