Las
secuelas de una guerra difícilmente abandonan la memoria de
quienes la sufrieron, pero también, y es el caso de Vietnam, de
quienes supieron de su existencia frente a una pantalla de
cine... Lamentablemente, esa herencia bélica es la que ha
conseguido que en cualquier parte del planeta Vietnam sea
conocido o, lo que es peor, haya terminado siendo “un gran
desconocido”.
Tras
un cuarto de siglo de reconstrucción cicatrizando las heridas
provocadas por la contienda más mediatizada del siglo XX,
Vietnam, el valeroso dragón asiático, ha dejado de vomitar
fuego para recibir orgulloso a sus cada vez más visitantes. Es
el turno de la paz para este país que lleva escribiendo su
biografía mucho antes de que Occidente supiera que era
Occidente y que atesora algunos de paisajes naturales, humanos y
sociales más seductores del extremo oriente. Alicientes que
para el viajero doblan su valor cuando se disfruta de la
hospitalidad de unas gentes endurecidas por un medio natural y
climático tremendamente hostil.

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Y es que el
termino imposible parece no existir en el pensamiento de los
vietnamitas, cada vez que el país ha sido destruido por guerras
o por tifones, estos han sido capaces de reconstruido y
mejorarlo gracias a su excepcional capacidad de
resistencia y de lucha como han demostrado a lo largo de su
historia. Pero sobre todo, es gracias a esa aptitud de
recuperación frente a la adversidad por la que han conseguido
arrinconar dignamente y sin aparente rencor los capítulos más
infaustos de la injusta historia vivida. Desde la cabeza hasta
la cola del valiente dragón, cualquier ciudad, aldea, campo, río,
pagoda, mercado... bien merece sentarse en el quicio del tiempo
para ver como pasa la vida con su particular pausa oriental,
mientras el sol al caer satura de plata líquida sus
benefactores campos de arroz....