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Pero
posiblemente, las secuencias más impactantes para el espectador
caminante serán las que se consiguen desde los bordes del
perímetro de la meseta que desembocan en espeluznantes abismos,
desde los que se avista la abrumadora dimensión del vecino
Kukenan Tepuy. La panorámica es desproporcionada. El Kukenán
se presenta como una enorme mole pétrea de exagerados paredones
verticales y extraplomados, por uno de cuyos salientes dispara
un cañón de agua su chorro de 610 metros de caída libre al
vacío, es el Salto Kukenán. Sorpresa tras sorpresa los
contornos del gran Tepuy no dan descanso a los sentidos. Varios
días serían necesarios para satisfacer la intriga del
excursionista que consigue subir al Roraima Tepuy pero, tras
pasar una segunda noche en lo alto, toca deshacer camino y
regresar a la aldea de Paraitepuy de Roraima, para lo cual se
necesitan otros dos días, haciendo noche en el ya conocido
Campamento del Río Kukenán. En total, serán necesarios seis
días para conseguir conocer y disfrutar pausadamente del
apasionante “Mundo perdido” del más accesible de los 115
tepuyes que alberga la Gran Sabana venezolana. Con la
perspectiva que permite el paso del tiempo, este paseo casi
clandestino, robado al tiempo y a la imaginación, por uno de
los parajes más antiguos del planeta, sin duda motivará que
tomemos conciencia, más si cabe, del compromiso de preservar en
su misma esencia estos lugares y la responsabilidad que supone
advertir de su fragilidad a sus futuros visitantes.
Continúa

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