Hace millones de
años el mar cubría casi todo el continente australiano. Se
separó del pangéa que formaban todas las tierras emergidas y
se deslizó suavemente hacia el oriente. No ha tenido, desde
entonces, actividad sísmica o volcánica notable como los
demás continentes, incluso sus placas tectónicas navegan sobre
el magma terrestre sin contactos bruscos con otras placas. Por
eso, las rocas y superficies del continente apenas ha sufrido
modificaciones desde hace millones de años y son de las más
antiguas que se pueden encontrar sobre la superficie terrestre.
El choque de los bloques tectónicos que forman la gran placa
australiana ha conseguido variar la orografía de Australia
Central; los meteoritos, el viento, el agua, la temperatura y la
propia actividad de la vida son los condicionantes que ayudaron
a formar el entorno de Australia Central tal y como hoy la
conocemos.
Es una inmensa
llanura de arena roja, desértica a su manera, cuyas únicas
cicatrices visibles son Kings Cannyon, Uluru, Kata Tjuta y la
cordillera MacDonnell Rangers. También quedan restos de lo que
un día fue un extenso mar, que antaño cubría todo Australia
Central.
En el mismo centro de
Australia y a casi 2000 kilómetros de su costa más próxima,
se encuentra ULURU, “el corazón de Australia”. Es una
única roca de dimensiones extraordinarias que brota del
desierto, como un velero pétreo en mitad de un inmenso mar de
arena y arbustos. Su tamaño es gigantesco: 9,5 kilómetros de
perímetro, 2,4 de radio menor y más de 4 de radio mayor,
elevándose a una altura de 348 metros sobre la planicie que la
rodea. Aún así, sólo el 5% de la roca asoma a la superficie,
el resto duerme bajo el desierto elevándose un poco más cada
año, intentando liberarse de su prisión subterránea en busca
de la luz. Su color varia desde el rojo-marrón, al rosa en los
atardeceres soleados al gris-negruzco cuando llueve.
Hay varias rutas para
admirar este coloso pétreo. Una rodea su perímetro y tras un
cómodo paseo, de unas 3 horas, descubriremos mediante carteles
explicativos cada una de las particularidades que se ven en sus
inmensas paredes. Desde oquedades a pliegues, charcas, cuevas,
cicatrices, desprendimientos, cavidades, salientes, recodos,
líneas misteriosas… todas ellas con un significado que las
entronca con la cultura del pueblo Anangu, con sus ritos, sus
ceremonias, sus ofrendas y sus leyendas. Allí viven sus dioses,
perviven sus recuerdos y moran sus ancestros.
Otra de las rutas
posible, la más deseada, es la ascensión a su cumbre. El
recorrido es de 1,6 kilómetros con una pendiente media en su
inicio de más del 60% para a mitad de recorrido suavizarse y
convertirse en un continuo subibaja por la roca.. En su inicio
hay una cadena que, a modo de pasamanos, ayuda a progresar a los
que insisten en subir a cima. En total, para superar el desnivel
y el paso lento de los que nos preceden, necesitaremos de unas 2
horas hasta alcanzar lo más alto, desde donde les espera la
más maravillosa panorámica del desierto; un mar de arena donde
destacan las grandes rocas de Kata Tjuta a unos 25 kilómetros y
la planicie del Monte Connor a unos 100. Los aborígenes del
pueblo Anangu prefieren que nadie suba a la cima por el
significado espiritual que eso supone para ellos, y porque la
muerte sobre la roca de algún visitante o alguna caída
circunstancial sería un mal augurio según sus creencias. Todos
los años se producen accidentes de este tipo y el pueblo
aborigen Anangu está considerando la posibilidad de cerrar
definitivamente el ascenso a ULURU. Sin embargo, miles de
visitantes de todo el mundo siguen haciendo cola desde la
madrugada para tocar el cielo del desierto australiano.