Cenamos en
un pequeño restaurante que conoce el capitán. Hay un thai con
un gorro de vikingo haciendo pescados en una parrilla gigante,
otro asa pollos. Cenamos sopa, cangrejo, pollo a la brasa y
arroz. Todo delicioso, todo aunque no me acostumbro al sabor del
tamarindo.
Después de
cenar tomamos una copa en un bar a orillas del mar, la música
es buena. Otra copa. Callejeamos un poco hasta llegar a otro bar
(Reggae Bar, pintado con retratos de Bob Marley y los colores
rasta, al capi le encanta). Parece el caribe pero con el punto
local claro, porque flanqueado por dos enormes penes de madera
hay un ring donde luchan dos boxeadores thai. Se dan patadas,
parece que gana el del calzón rojo y dorado, puro músculo,
tiene la piel mojada porque les van echando hielo entre asalto y
asalto. Se acaba el combate. Los boxeadores nos dan la mano, les
damos unos bahts. Un australiano se acerca a preguntarle al
capitán cuánto se les suele dar. Tú mismo, le dice. Nos vamos
a dormir que mañana hay que hacer muchas cosas. Esta isla es
genial.

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Amanece con
lluvia, el barco no se mueve, el mar está en calma, dormimos
otro rato. Cuando me levanto son las 9 a.m., el sol ha salido.
Desayuno piña. Salimos con el dinghy a explorar los arrecifes
que tenemos en frente, el agua es cristalina y se ven corales y
peces, parece que va a ser un buen día para el snorkel.
Decidimos ir a Phi-Phi Le porque allí dicen que los fondos son
espectaculares. Alquilamos un long tail (ya tenía yo ganas de
probar) y nos lleva hasta allí, antes nos para en una gran
cueva (Viking Cave) donde los thai recogen nidos de golondrina
que luego venden a los japoneses. Se suben trepando por
larguísimos palos hasta los entrantes de la gruta. Un guía
explica a unos turistas cómo hay que arrancar el nido (con un
artilugio de hierro con dos pinchitos) para no romperlo. Tiene
dos nidos en la mano. Me acerco a él y toco uno de los nidos,
es como de gelatina.
Volvemos al
long tail, ya os dije que tienen un olor muy peculiar porque los
barnizan con una especie de laca, huele muy bien, a resina,
están hechos con varios tipos de madera. Llegamos a una laguna
(Hong) rodeada de montañas verdes. Hay más rabos largos, con
turistas. Nos ponemos las aletas y las gafas, al agua… El
fondo es claro, está lleno de corales vivos, con forma de seta,
de cerebro, de planta... formas espectaculares, pero los colores
son aún mejor. Los hay naranjas, verdes y además ¡lila! (me
encanta el lila). Vemos anémonas donde viven unos pececitos que
son los únicos que pueden vivir ahí porque resisten su veneno
(esto, por supuesto me lo cuenta el capitán). También me dice
que el secreto es ir despacito, así se ven muchas más cosas. A
mí me cuesta, me acelero y voy dando aletazos. Despacito...

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Acabo de ver
una gran estrella de mar (o algo parecido) de color azul y
negro, muy elegante. Se la enseño al capitán. Foto. Veo un pez
muy primitivo, pez cofre. Un cangrejo debajo de un coral.
Montones de erizos de larguísimas púas. El capitán me señala
una cosa al fondo. Me acerco. Es una especie de serpiente. Me
explica en dos palabras: “Más venenosa que una cobra”…
Salgo pitando. Me dice que como tiene la boca muy pequeña sólo
puede morder entre los dedos de las manos y en las orejas y que
además nunca atacan. Tranquilizador… yo por si acaso nado
hacia el otro lado.
Dejo para el
final lo que más me ha impresionado: los peces. No por su gran
tamaño ni por su colorido ni por su variedad ni por su rareza.
No, por su número. Millones... voy nadando y a mi alrededor
aparece una barrera de pececillos grises que me encierran en un
círculo casi tan alto como yo. Es una sensación especial. No
se asustan, yo tampoco, parece que te tratan como si tú fueras
un pez también. Al ratito estoy rodeada de una familia (muy
numerosa) de peces algo más grandes, de rayas negras y
amarillas, se acercan hasta tocarme, les veo a través de mis
gafas, muy cerquita. Qué curiosos son. Yo también. Salgo del
agua. Soy la sirenita. Busco a Sebastián.
Continúa