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Sumario

Introducción
Una fuga a tiempo es una victoria
Bandera pirata en lo alto del mástil
Prodigioso cambio de luces
Islotes de clorofila
Se está... ¡de bigotes!
Al abrigo de millones de peces
Un color para el recuerdo
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Tailandia
"Piensa en verde..."
Texto y fotos de Carmen Hernández
 
 Al abrigo de millones de peces
 
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© Carmen Hernández

Cenamos en un pequeño restaurante que conoce el capitán. Hay un thai con un gorro de vikingo haciendo pescados en una parrilla gigante, otro asa pollos. Cenamos sopa, cangrejo, pollo a la brasa y arroz. Todo delicioso, todo aunque no me acostumbro al sabor del tamarindo.

Después de cenar tomamos una copa en un bar a orillas del mar, la música es buena. Otra copa. Callejeamos un poco hasta llegar a otro bar (Reggae Bar, pintado con retratos de Bob Marley y los colores rasta, al capi le encanta). Parece el caribe pero con el punto local claro, porque flanqueado por dos enormes penes de madera hay un ring donde luchan dos boxeadores thai. Se dan patadas, parece que gana el del calzón rojo y dorado, puro músculo, tiene la piel mojada porque les van echando hielo entre asalto y asalto. Se acaba el combate. Los boxeadores nos dan la mano, les damos unos bahts. Un australiano se acerca a preguntarle al capitán cuánto se les suele dar. Tú mismo, le dice. Nos vamos a dormir que mañana hay que hacer muchas cosas. Esta isla es genial.

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© Carmen Hernández

Amanece con lluvia, el barco no se mueve, el mar está en calma, dormimos otro rato. Cuando me levanto son las 9 a.m., el sol ha salido. Desayuno piña. Salimos con el dinghy a explorar los arrecifes que tenemos en frente, el agua es cristalina y se ven corales y peces, parece que va a ser un buen día para el snorkel. Decidimos ir a Phi-Phi Le porque allí dicen que los fondos son espectaculares. Alquilamos un long tail (ya tenía yo ganas de probar) y nos lleva hasta allí, antes nos para en una gran cueva (Viking Cave) donde los thai recogen nidos de golondrina que luego venden a los japoneses. Se suben trepando por larguísimos palos hasta los entrantes de la gruta. Un guía explica a unos turistas cómo hay que arrancar el nido (con un artilugio de hierro con dos pinchitos) para no romperlo. Tiene dos nidos en la mano. Me acerco a él y toco uno de los nidos, es como de gelatina.

Volvemos al long tail, ya os dije que tienen un olor muy peculiar porque los barnizan con una especie de laca, huele muy bien, a resina, están hechos con varios tipos de madera. Llegamos a una laguna (Hong) rodeada de montañas verdes. Hay más rabos largos, con turistas. Nos ponemos las aletas y las gafas, al agua… El fondo es claro, está lleno de corales vivos, con forma de seta, de cerebro, de planta... formas espectaculares, pero los colores son aún mejor. Los hay naranjas, verdes y además ¡lila! (me encanta el lila). Vemos anémonas donde viven unos pececitos que son los únicos que pueden vivir ahí porque resisten su veneno (esto, por supuesto me lo cuenta el capitán). También me dice que el secreto es ir despacito, así se ven muchas más cosas. A mí me cuesta, me acelero y voy dando aletazos. Despacito...

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© Carmen Hernández

Acabo de ver una gran estrella de mar (o algo parecido) de color azul y negro, muy elegante. Se la enseño al capitán. Foto. Veo un pez muy primitivo, pez cofre. Un cangrejo debajo de un coral. Montones de erizos de larguísimas púas. El capitán me señala una cosa al fondo. Me acerco. Es una especie de serpiente. Me explica en dos palabras: “Más venenosa que una cobra”… Salgo pitando. Me dice que como tiene la boca muy pequeña sólo puede morder entre los dedos de las manos y en las orejas y que además nunca atacan. Tranquilizador… yo por si acaso nado hacia el otro lado.

Dejo para el final lo que más me ha impresionado: los peces. No por su gran tamaño ni por su colorido ni por su variedad ni por su rareza. No, por su número. Millones... voy nadando y a mi alrededor aparece una barrera de pececillos grises que me encierran en un círculo casi tan alto como yo. Es una sensación especial. No se asustan, yo tampoco, parece que te tratan como si tú fueras un pez también. Al ratito estoy rodeada de una familia (muy numerosa) de peces algo más grandes, de rayas negras y amarillas, se acercan hasta tocarme, les veo a través de mis gafas, muy cerquita. Qué curiosos son. Yo también. Salgo del agua. Soy la sirenita. Busco a Sebastián.

Continúa


 

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