La cena fue
fantástica, las setas estaban mezcladas con huevos y los
noodles (spaguettis kilométricos) con verduras. Para
acompañarlo un buen vino y luego unos roncitos. Esta noche ha
hecho calor, de pronto comienza a soplar viento fuerte. Son las
6 a.m., está amaneciendo. Parece que viene lluvia, a ambos
lados del barco se ven llegar dos mantas voladoras de color gris
oscuro (el capitán dice que son chubascos), hay unos cuantos
colas largas que han venido a refugiarse cerca de nuestro barco
(a sotavento). Todo preparado para la lluvia, he cerrado las
escotillas, he recogido la ropa, los cojines, me he puesto el
chubasquero. Estoy un poco nerviosa. Esperamos a ver qué pasa.
Pues nada.
Vemos cómo las dos mantas grises pasan por encima de nuestras
cabezas como los títulos al final de una película (la de la
guerra de las galaxias) y el día queda despejado. Los long tail
se van. Nosotros también, rumbo a Krabi. Navegamos durante dos
horas, echo el curri por si pescamos algo. Nada. Por el camino
vemos algún pez saltarín. Llegamos a nuestro destino con un
sol espléndido. Esto no es una isla, es el continente, un sitio
llamado Laem Nang. Es famoso por alguna de sus playas, como la
de Thum Phra Nang. La costa está flanqueada por un macizo de
montañas (mis amigas las gigantes de vetas
negras-rojas-blancas, con pelucas de selva) y entre ellas se
extienden zonas de bosque repletas de palmeras y otras plantas,
todo muy tupido. Verdes oscuros y claros, salpicado con flores
rojas y naranjas. No cabe ni una sola planta más. Es
sorprendente.

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Hay varios
barcos fondeados y en las playas se ven grupos de turistas
haciendo snorkel y remando. Hay bastantes chiringuitos de paja.
Parece divertido. A lo mejor cenamos en la playa. Salimos con el
dinghy, el sol abrasa. Damos la vuelta a unos islotes para
llegar a la playa más alejada, las rocas son gigantes, el mar
verde las baña y a base de lametones va esculpiendo en ellas
formas diferentes, hace grutas por las que se puede pasar
navegando entre moles de piedra. Otras tienen largos churretes
como si fueran los de una vela derretida, parecen estalactitas.
Protegidas
ya del agua nacen plantas, algunas en sitios inverosímiles,
como si las hubieran plantado allí adrede, como una palmera
enana en lo alto de un risco, allí solitaria. Vemos lianas
colgando hacia el mar. A lo mejor aparece trazan... En una de
las grutas vemos un pequeño pájaro, de alas azul turquesa y
pecho blanco, está pescando (dice el capitán que es un martín
pescador. Gracias), unos metros más allá hay dos garcitas
grises.
Salimos de
la playa y vamos bordeando la costa en la otra dirección, hacia
las otras playas. Paramos para bañarnos. En el fondo hay
corales y peces, y un cangrejo asociado con un pez (el pez
listo, porque se come lo que el cangrejo saca al remover el
fondo).
A lo largo
de la costa se extiende la selva, verde con tintes naranjas, la
arena de la playa, las chozas-chiringuito, unos colas largas
amarrados con niños jugando dentro. Llegamos al otro lado,
donde está otra de las playas, más pequeña y cerrada entre
rocas. En una de las rocas hay un gran entrante que protege del
sol, hay cuerdas atadas que cuelgan de la roca. El capi me
explica que son de los colas largas, ahí se amarran cuando
quieren descansar y refugiarse del sol o de la lluvia. Menudo
refugio.
Volvemos al
barco. Empieza a soplar viento del oeste, el capitán dice que
en esta estación no es lo normal, piensa que al ponerse el sol
parará el viento, el mar se mueve, zarandea nuestro barco.
Pensamos en fondear en una isla cercana pero al final decidimos
quedarnos porque quiero hacer fotos al amanecer. Cae el sol, el
viento no deja de soplar, el barco sigue con su vaivén, la
noche promete. Después de cenar me duermo, el capi se queda
fuera.
Continúa