Doce horas
de viaje cambian la perspectiva de todas las cosas. Y después
de ese tiempo uno ya no está tan seguro de querer seguir y
cuando por fin llegas a Phuket y te duelen todos los huesos y
los músculos del cuerpo (para entonces ya son 22 horas de
viaje), te preguntas si lo que vas a ver habrá merecido
semejante paliza.
Llegamos a
la base que Sunsail tiene en Phuket, una marina que es una
laguna (Boat Lagoon), muy curiosa porque para salir a mar
abierto hay que esperar a la marea alta, llegamos ya de noche.
Tras un baño en la piscina del hotel y una buena ducha,
alquilamos un tuc-tuc (curioso artilugio con un motor de dos
tiempos donde sólo se puede ir sentado si agachas la cabeza) y
nos vamos a Patong-beach. La experiencia es alucinante, más aun
si el cansancio del viaje ya no te deja pensar con claridad.
Es un sitio
lleno de gente que trabaja en pequeños puestos callejeros,
haciendo comida, vendiendo todo tipo de cosas; te van ofreciendo
una mesa en cada “restaurante” por donde pasas. Es una
mezcla de olores y colores muy singular: arroz, verduras, pato,
pollo a la brasa, cangrejos de caparazón gris, pescados
secados, curry, tamarindo, soja... nada que ver con nuestra
cocina pero parece muy recomendable. Nos sentamos a cenar.
Después de
la cena, un paseo por Patong y a pesar del agotamiento merece la
pena, la calle se llena de mujeres perfectamente maquilladas,
con trajes de noche y cuerpos maravillosos; es la ciudad de las
mujeres perfectas... quizá porque son hombres. Multitud de
turistas se hacen fotos con las “chicas” (todas
remuneradas), se ven muchas “parejas” mixtas, en fin un
auténtico supermercado del sexo. Vuelta al barco que mañana
hay que salir a navegar. La noche está estrellada, hace calor.
Buenas noches.
Son las 6
a.m. y llueve, espero que salga el sol... Son las 9 a.m., sigue
lloviendo, así no apetece salir. Nos vamos a dar una vuelta por
la isla y aprovechamos para hacer la compra en el centro de
Phuket. Es una ciudad muy peculiar, con cientos de tiendas y
mercados. Entramos en uno de los mercados donde venden comida,
la gente trabaja hacinada en puestos minúsculos, hay mucha
humedad, el olor es penetrante, es difícil imaginar cómo nadie
puede trabajar en estas condiciones pero ellos parecen
contentos, son muy afables. Tampoco se entiende cómo pueden
sentarse durante horas en cuclillas, parecen tan cómodos!.
Paramos a
comer, sopa de coco y tamarindo, arroz hervido, pato laqueado y
cangrejo a la brasa. Vuelta a la base. Aún se nota el cansancio
del viaje, tengo los músculos entumecidos. Lo mejor será darse
un masaje tailandés. Mucho mejor. En el barco, whisky Mekong,
música... y mañana salimos.
Continúa