La luz de la tarde se
estira paciente. El horizonte ya se torna plano y el aire se
respira tórrido y romo. Coloridas aldeas mercado palpitando
vida por sus puestos callejeros; tierras pantanosas forradas de
campos de arroz; destellos de machetes cortando; casas de bambú
y niños jugando se cuelan por la ventanilla. El sol ya se cae y
el personal comienza a recoger presuroso el equipaje. El viaje
toca a su fin. Fatigada, la locomotora sortea los últimos
cruces, abroncando furiosa a los arriesgados conductores que
intentan robarle el paso. Finalmente, la caravana de hierro y
madera se detiene. "¡Fin del trayecto!", avisa
Rodrigo.
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Algunas fibras
sensibles se revelan pero hay que bajar. Estamos en la estación
de Durán, origen y fin de la utopía ferroviaria a orillas del
río Guayas que da nombre a la populosa ciudad costeña de
Guayaquil, de donde salió el primer convoy que consiguió
juntar lo injuntable. A casi un siglo de apretarse el último
tornillo, los extremos han vuelto a tocarse. El sueño de
descolgar los abismos andinos hasta las puertas tropicales del
Océano Pacífico se repite. A pesar de que las veloces cuatro
ruedas de caucho estén relegando al olvido el lento rodar de
esta mítica joya ferroviaria, el milagro del tren ha
conseguido, hoy, detener el reloj de la historia.
Como ya me advirtió
el Doctor Villarroel, todo un maestro en el arte de la ironía:
"Por supuesto que la palabra retraso no tiene sentido en
estas latitudes, resulta que hoy, en el siglo de la prisa, hemos
descubierto la lentitud". "Maravillosa lentitud",
le contesté recientemente por carta, "que me ha permitido
disfrutar de estos paisajes y de estas gentes, a las que el
recuerdo regresa, siempre regresará desde este lado, el de la
maldita prisa".
Continua... >