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Sumario

Introducción
Boleto para un tren imposible
Memoria de Sangre, Hierro y Dinamita
Mercadillo Rodante
Abismos Serranos
La Gran Familia Ferroviaria
Maravillosa Lentitud

Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

Memoria de Rieles Torcidos
Ferrocarril Transandino Ecuatoriano
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez.
 
 Abismos Serranos
 
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© Victoria Sánchez

"Por cierto", me dicen, "estamos llegando al tramo más interesante, yo le aconsejaría que se subiera al techo para no perderse la función". "¿Al techo?"... Dicho y hecho, llegados a Alausi, por la escalerilla lateral me "acomodo" en el tejado donde el paisaje, sin duda, va a ser todo ventanilla. Un prolongado aviso de silbato convierte a los andenes de este pequeño puerto interior en un torbellino de va y viene de mercancías, paisanos y animales. Los últimos en tomar asiento son unos ilustres chanchos serranos que, muy a su pesar, serán parte de trueque en los mercados de la costa.

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© Victoria Sánchez

Al amparo del rasurado cielo ecuatoriano, la techumbre es el mejor de los palcos para asistir al fantástico precipicio que se avecina. El desnivel ya es considerable y las curvas intentan engañarle por el lugar más asequible. Las zapatas de freno muerden rabiosas las llantas y el olor a hierro quemado es tan intenso que llega hasta la nuca. Sube la tensión... los operarios se comunican con gritos y gestos en cada viraje para retener a una sola voz vagones y locomotora desde los timones de frenado.

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© Victoria Sánchez

La suerte está echada. Como si de una maqueta se tratase, el tren es engullido por los labios de una perfilada quebrada que desemboca en un abierto y árido tobogán rocoso. La máquina asoma los bigotes y se da un respiro… Estamos en los bordes de la famosa "Nariz del Diablo" de la que tanto me habló el Doctor Villarroel. Su presencia es palpable y el aliento se entrecorta. La expectación en el pasaje es total.

Como si de un bisturí se tratase, la valiente locomotora comienza a escurrirse en oblicuo por el desfiladero a lo largo de un prolongado zigzag, alternándose marcha atrás y marcha adelante sobre este monumento alpino a la cirugía ferroviaria. Los más supersticiosos dicen que una vez la máquina se lanza al vacío, el destino pertenece al diablo. La garganta se seca, no hay red ni barandilla. Cruzo los dedos, pero el maquinista gobierna con talento y el acrobático descenso anima a disfrutar de la sensación de vértigo, que zeta tras zeta provoca este espeluznante balcón natural.

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