Mientras guardo los
apuntes del doctor llegan las primeras paradas, pequeñas
poblaciones de luchadores anónimos que sacan adelante a los
suyos, destilándole a la vida cada gota de esperanza. Atillos a
punto de reventar, sujetos a espaldas encorvadas, se dirigen
casi al trote a los mercados indígenas de Guamote. No hay
tregua para los sentidos, los márgenes de la vía se convierten
en un escaparate de colores, olores y sabores. Desdibujados por
una cortina de humo de fogones, muchos pasajeros bajan y
terminan de desperezarse con un hirviente caldo o con un trago
del mejor aguardiente clandestino. No hay prisa, el generoso
silbato siempre avisa. Además, el maquinista y su fogonero
están pie a tierra sorbiendo de un humeante pote tumbaburros.
Entre tanto, un ejército de chavales recorre los vagones en
busca de los más perezosos ofreciendo rápidos menús, bebidas
y golosinas. En el interior, el aroma a cien vaporosos pucheros
es tan intenso, que no hay nadie del vagón que se resista a
probar suerte con alguno de ellos.
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Definitivamente, el
día se nos vierte encima, y los primeros estallidos de luz
invitan a conocer el escenario que sigue obsequiando la
ventanilla. Son olas y olas de pasto verde cobijando ranchitos
desperdigados como islas en mitad del páramo, por el que los
rieles buscan paso. A cada curva, el arqueo de los vagones de
añeja madera obliga a las adheridas ruedas a chirriar
desesperadamente, los niños son los primeros en taparse
quejosos los oídos, finalmente es el vagón al completo.
A la gente le gusta
ver pasar el tren. Su paso es de respeto y las ocupaciones se
detienen. Curtidos ponchos indígenas de cien colores, dejan sus
labores para brindar una larga mirada, incluso un saludo a mano
abierta que rápidamente es respondido con gusto desde el
interior de los vagones, o por el propio maquinista que hace
aullar al ya familiar silbato. Al paso del rebufo, una estela de
polvorientas turbulencias difuminan ese saturado verde que ya
cede ante el marrón de tierra desnudada por las lluvias y los
vientos. Ruedan las horas y la compostura se olvida sobre los
duros asientos de madera, la vida interior de los vagones se
vuelve bulliciosa y las plataformas son aprovechadas para
estirar las piernas.
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"¡Billetes por
favor!"… Carlos y Rodrigo son los interventores que uno
tras otro van picando desde hace treinta años los
boletos a cada viajero. Unidos a la menoría del ferrocarril,
sonríen y añoran aquellos años en los que, dicen, no hacia
falta "lidiar" tanto con el pasaje. También me
relatan la desgraciada explosión de una máquina de vapor, que
costó la vida, entre otros, a un maquinista y a un fogonero
compañero de promoción en el, hoy fuera de servicio, Ramal
Austral. "Un monumento en el kilómetro 28 de sus
abandonadas vías, guarda luto a su recuerdo y, todavía hoy
treinta años después, usted verá flores frescas junto a
él", se reconforta Carlos.
Continua... >