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Sumario

Introducción
Boleto para un tren imposible
Memoria de Sangre, Hierro y Dinamita
Mercadillo Rodante
Abismos Serranos
La Gran Familia Ferroviaria
Maravillosa Lentitud

Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

Memoria de Rieles Torcidos
Ferrocarril Transandino Ecuatoriano
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez.
 
 Mercadillo Rodante
 
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© Victoria Sánchez

Mientras guardo los apuntes del doctor llegan las primeras paradas, pequeñas poblaciones de luchadores anónimos que sacan adelante a los suyos, destilándole a la vida cada gota de esperanza. Atillos a punto de reventar, sujetos a espaldas encorvadas, se dirigen casi al trote a los mercados indígenas de Guamote. No hay tregua para los sentidos, los márgenes de la vía se convierten en un escaparate de colores, olores y sabores. Desdibujados por una cortina de humo de fogones, muchos pasajeros bajan y terminan de desperezarse con un hirviente caldo o con un trago del mejor aguardiente clandestino. No hay prisa, el generoso silbato siempre avisa. Además, el maquinista y su fogonero están pie a tierra sorbiendo de un humeante pote tumbaburros. Entre tanto, un ejército de chavales recorre los vagones en busca de los más perezosos ofreciendo rápidos menús, bebidas y golosinas. En el interior, el aroma a cien vaporosos pucheros es tan intenso, que no hay nadie del vagón que se resista a probar suerte con alguno de ellos.

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© Victoria Sánchez

Definitivamente, el día se nos vierte encima, y los primeros estallidos de luz invitan a conocer el escenario que sigue obsequiando la ventanilla. Son olas y olas de pasto verde cobijando ranchitos desperdigados como islas en mitad del páramo, por el que los rieles buscan paso. A cada curva, el arqueo de los vagones de añeja madera obliga a las adheridas ruedas a chirriar desesperadamente, los niños son los primeros en taparse quejosos los oídos, finalmente es el vagón al completo.

A la gente le gusta ver pasar el tren. Su paso es de respeto y las ocupaciones se detienen. Curtidos ponchos indígenas de cien colores, dejan sus labores para brindar una larga mirada, incluso un saludo a mano abierta que rápidamente es respondido con gusto desde el interior de los vagones, o por el propio maquinista que hace aullar al ya familiar silbato. Al paso del rebufo, una estela de polvorientas turbulencias difuminan ese saturado verde que ya cede ante el marrón de tierra desnudada por las lluvias y los vientos. Ruedan las horas y la compostura se olvida sobre los duros asientos de madera, la vida interior de los vagones se vuelve bulliciosa y las plataformas son aprovechadas para estirar las piernas.

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© Victoria Sánchez

"¡Billetes por favor!"… Carlos y Rodrigo son los interventores que uno tras otro van picando desde hace treinta años los boletos a cada viajero. Unidos a la menoría del ferrocarril, sonríen y añoran aquellos años en los que, dicen, no hacia falta "lidiar" tanto con el pasaje. También me relatan la desgraciada explosión de una máquina de vapor, que costó la vida, entre otros, a un maquinista y a un fogonero compañero de promoción en el, hoy fuera de servicio, Ramal Austral. "Un monumento en el kilómetro 28 de sus abandonadas vías, guarda luto a su recuerdo y, todavía hoy treinta años después, usted verá flores frescas junto a él", se reconforta Carlos.

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