Escribe en ellos que
fue el crónico aislamiento entre los pueblos de la serranía y
de la costa, la mecha que prendió la avezada aventura del
ferrocarril… En 1873 desembarcan en Guayaquil las primeras
toneladas de rieles y un año después llega la primera
locomotora a Milagro. Todo un acontecimiento social y festivo
que se iría repitiendo a cada nuevo eslabón en la cadena. Sin
embargo, algunos estudios solicitados sobre la posibilidad de
salvar la gran muralla de los Andes son pesimistas: "Los
peligros son enormes y los costos desmesurados", contestan…
"Este es el
ferrocarril más difícil del mundo a construirse", llega a
proclamarse. A lo que un atrevido ingeniero norteamericano
responde: "Yo amo la aventura". Con estas palabras es
sellada una alianza de propósitos y realidades que conseguirá
franquear caudalosos torrentes y rebañar al farallón andino
cada metro de roca viva.
A duras penas es
tendida la alfombra de traviesas y raíles hasta topar con un
infranqueable espolón montañoso, equivalente a dos veces la
vertical de la Torre Eiffel. Será la astucia de los ingenieros
junto con el sudor de los trabajadores y la ayuda de toneladas
de dinamita, los que conseguirán forzar sobre el muro de roca
varias zetas perfectas, hasta coronar la bautizada como
"Nariz del Diablo", en clara alusión a la feroz
resistencia que ofreció la montaña.
Superado al fin el
mayor de los obstáculos, una cuesta más racional y un clima
propicio dan alas al avance ya imparable de esa criatura negra
que escupe humo y fuego. Y es el 25 de Junio de 1908, cuando el
primer convoy circula por la estación de Quito. Se consigue
así entrar por la puerta de la costa hasta la serranía andina,
3600 m. de vertical más arriba. Un trayecto catalogado de
imposible que consiguió juntar océanos y montañas en un solo
día de viaje, sorprendentemente, el mismo tiempo que tardaré
hoy, un siglo después.
Continua... >