"Muchos son los
que llegan a estas tierras altas del Ecuador en busca de sus
techos andinos, sus selvas y sus mágicas Islas
Galápagos", me comenta, "pero yo le propongo,
además, la experiencia de ser navegante de un crucero en seco,
en el que el tiempo parece haberse invertido". " Por
supuesto que acepto", contesté.
…Afilado por los
hielos andinos, un acerado viento achucha a los que hacemos cola
frente al exiguo ventanuco. A través de la rendija una mano sin
rostro me canjea, por unos pocos sucres, el boleto hacia la
memoria de sangre, hierro y roca del tren más atrevido que se
conozca. Impreso sobre el diminuto boleto reza:
"Ferrocarril Transandino Ecuatoriano".
En el apeadero de
Riobamba, un estridente silbato coloca a todos en su sitio.
"Ya salimos", asegura un paisano en el andén,
"el tren siempre cumple con quien espera paciente",
sentencia mientras le ayudo con un saco de maíz que parece
soldado al suelo. En cabeza, una genuina locomotora Baldwin,
inmortalizada a ritmo de cumbia y de café de Colombia en
clásicos de cine, barre de una vez con un largo chorro de vapor
y carbonilla todo el andén. Nos movemos…
Son los primeros
traqueteos sureños, y el frío y el madrugón mellan el gesto
hasta que los huesos, por fin, encuentran la buena postura. Al
son del ya olvidado en los trenes europeos "tratra-tratra…
tratra-tratra… tratra-tratra…", ojeo a media luz unos
apuntes del doctor Villarroel, en los que recupera parte de la
apasionante biografía de este tren que ya roza la leyenda, y
que tan oportunos son para valorar en su justa medida este
fascinante trayecto.
Continua... >