… A la gran
familia ferroviaria y a las gentes que saludan, siempre saludan
su paso…
Afilado por hielos
andinos, un acerado viento achucha a los que hacemos cola frente
al exiguo ventanuco. A través de la rendija, una mano autónoma
canjea por unos pocos sucres, el boleto hacia la memoria de
sangre, hierro y madera del tren más atrevido que se conozca.
Recién caído de las
heladas laderas del dormido Chimborazo, el cansancio encuentra
merecida horizontal en un antiguo caserón frente al que unas
oxidadas paralelas buscan horizonte. Se trata de la estación
ferroviaria de Urbina, la más alta de Ecuador a 3.604 metros de
altitud, recuperada hoy como acogedor albergue para descanso de
viajeros, que curiosamente ya no llegan en tren. Fue aquí,
frente a un destartalado tablón de horarios, donde descubrí
que un largo renglón de raíles cosidos a sus durmientes
atraviesan el país de norte a sur cruzando por la célebre
línea equinoccial, que a modo de cinturón abrocha los dos
hemisferios del globo terráqueo. Como más tarde tuve la suerte
de comprobar, todo un trabajo de bricolaje ferroviario que
muchos maquetistas quisieran para sus decorados.
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Se trata de la
División Ferrosur, cordón umbilical que baja desde las calles
del blanco Quito colonial hasta la mismas orillas del Pacífico
en Durán-Guayaquil. Todo un transgresor orográfico, que
circula a lo largo de un espectacular pasillo acotado por
soberbias catedrales de hielo y roca humeante, rasadas por
encima de los 5.000 metros, al que el explorador Humboldt
bautizo como "Avenida de los volcanes". Cayambe,
Cotopaxi, Illiniza, Antisana, Chimborazo, Carihuirazo,
Turugurahua, Altar y Sangay dan escolta derecha e izquierda al
paso del ingenio mecánico.
Cebado por la
curiosidad, las adoquinadas y fresquitas calles de Riobamba me
empujan a su vieja estación. Allí, el azar quiso presentarme
al Doctor Luís Villarroel, encargado del dispensario médico y
todo un apasionado defensor del ferrocarril y su historia... En
un abrir y cerrar de álbum de fotos, su entusiasmo contagioso
me transporta al siglo pasado cuando las primeras máquinas
comienzan a rodar sobre el difícil suelo ecuatoriano.