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Sumario

Introducción
Boleto para un tren imposible
Memoria de Sangre, Hierro y Dinamita
Mercadillo Rodante
Abismos Serranos
La Gran Familia Ferroviaria
Maravillosa Lentitud

Guía Práctica

 

 

Otros Reportajes

Memoria de Rieles Torcidos
Ferrocarril Transandino Ecuatoriano
Por Miguel Caselles. Fotos de Victoria Sánchez.
 
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© Victoria Sánchez

… A la gran familia ferroviaria y a las gentes que saludan, siempre saludan su paso…

Afilado por hielos andinos, un acerado viento achucha a los que hacemos cola frente al exiguo ventanuco. A través de la rendija, una mano autónoma canjea por unos pocos sucres, el boleto hacia la memoria de sangre, hierro y madera del tren más atrevido que se conozca.

Recién caído de las heladas laderas del dormido Chimborazo, el cansancio encuentra merecida horizontal en un antiguo caserón frente al que unas oxidadas paralelas buscan horizonte. Se trata de la estación ferroviaria de Urbina, la más alta de Ecuador a 3.604 metros de altitud, recuperada hoy como acogedor albergue para descanso de viajeros, que curiosamente ya no llegan en tren. Fue aquí, frente a un destartalado tablón de horarios, donde descubrí que un largo renglón de raíles cosidos a sus durmientes atraviesan el país de norte a sur cruzando por la célebre línea equinoccial, que a modo de cinturón abrocha los dos hemisferios del globo terráqueo. Como más tarde tuve la suerte de comprobar, todo un trabajo de bricolaje ferroviario que muchos maquetistas quisieran para sus decorados.

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© Victoria Sánchez

Se trata de la División Ferrosur, cordón umbilical que baja desde las calles del blanco Quito colonial hasta la mismas orillas del Pacífico en Durán-Guayaquil. Todo un transgresor orográfico, que circula a lo largo de un espectacular pasillo acotado por soberbias catedrales de hielo y roca humeante, rasadas por encima de los 5.000 metros, al que el explorador Humboldt bautizo como "Avenida de los volcanes". Cayambe, Cotopaxi, Illiniza, Antisana, Chimborazo, Carihuirazo, Turugurahua, Altar y Sangay dan escolta derecha e izquierda al paso del ingenio mecánico.

Cebado por la curiosidad, las adoquinadas y fresquitas calles de Riobamba me empujan a su vieja estación. Allí, el azar quiso presentarme al Doctor Luís Villarroel, encargado del dispensario médico y todo un apasionado defensor del ferrocarril y su historia... En un abrir y cerrar de álbum de fotos, su entusiasmo contagioso me transporta al siglo pasado cuando las primeras máquinas comienzan a rodar sobre el difícil suelo ecuatoriano.

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