Estamos en la rugosa
altiplanicie confinados entre quebradas, montañas y valles de
abigarrada vegetación en los que se desperdigan numerosas
comunidades mayas. De interesante visita resultan los mercados
de Sololá y el de Chichicastenago, auténticos compendios de
tradición indígena en simbología textil traspasados de madres
a hijas y en las que se plasma la visión maya de su ciclo
vital. Parece increíble que con un rudimentario telar de
cintura se consigan composiciones artísticas de tal
perfección.

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El pliegue montañoso
más elevado del páramo guatemalteco es la serranía de los
Cuchumatanes -departamento de Huehuetenango-, ideal para
recorrer a pie hasta coronar la cumbre del Xemal a 3.837 m., o
para disfrutar de la caminata que conduce desde el municipio de
Nebai al de Todos los Santos Cuchumatán. En este pueblecito
cada dos de Noviembre se celebra una disputada carrera de
caballos pues los jinetes cabalgan hasta la extenuación
ayudados por los efectos del combativo aguardiente clandestino.
También asentadas sobre la fría meseta occidental, en el
departamento de Quetzaltenango, se levantan el mayor número de
construcciones coloniales, ya que fue aquí donde inicialmente
se instalaron los invasores españoles.

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Este pasado colonial
está impregnado en muchas fachadas de roca volcánica, talladas
hábilmente por los indígenas de la época. La ciudad de
Quezaltenango, también conocida como Xelajú - nombre en lengua
Quiché que significa Cerro de las Diez Ideas -, es un
magnífico campo base para acercarse a varios volcanes que
invitan a su ascenso o contemplación. En las cercanías de
"Xela" se alzan los geométricos 3.772 m. del volcán
Santa María. Un ascenso totalmente recomendable nos situará, a
través de empinadas laderas, en esta cima sin cráter desde la
que tendremos a tiro de piedra los campos de lava de sus vecinos
contiguos; el Cerro Quemado que, desde la distancia, se asemeja
a las desoladas ruinas de una fortaleza erigida por
laberínticas formaciones de lava y verticales tajos rocosos -
en la zona de las ventanas se práctica escalada deportiva -; y
el erosionado Siete Orejas, de gigantesco cráter en forma de
escabrosa herradura que ha configurado siete picos, de los que
le viene el nombre.

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Pero sin duda, el
mayor aliciente para el montañero que consigue la cima del
Santa María es la posibilidad de ser testigo en butaca
preferente del espeluznante aspecto que muestra la apocalíptica
actividad del colindante volcán Santiaguito; bajo nuestros pies
se abre una compleja maraña de caóticas escombreras rocosas
confluyentes en las fauces del volcán, allí se generan sonoras
explosiones y deslaves que le hacen mudar continuamente la piel.
Para los menos atrevidos, un magnífico mirador sobre la
fumarola del pequeño pero bravo Santiaguito y locutorio
privilegiado desde el que escuchar las convulsiones del volcán
es el mirador Magermans, a cuyas inmediaciones se llega en
vehículo.

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Otra buena oportunidad de fusionarse
con las pequeñas poblaciones y el entorno natural de Guatemala
- lejos de las transitadas vías turísticas - es completar la
caminata que lleva en dos días desde Cantel - cercana a Xelajú
- hasta San Pedro de la Laguna, en las mismas orillas del Lago
Atitlán. Este antiguo camino era utilizado por los indígenas
del altiplano para comerciar con las comunidades de las costa
pacifica. Otra atrayente caminata conduce hasta la sagrada
Laguna de Chicaval, que es el característico cráter boscoso e
inundado de agua de lluvia del volcán de su mismo nombre. Muy
interesante resulta su visita el Jueves de Ascensión, cuando
miles de indígenas se agrupan en sus riberas difuminados por el
humo de hogueras y el murmullo de mágicos rezos.