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¡Arriba
Miguel que nos hemos quedado dormidos! ¡Vamos que es
tardísimo!… Mis buenos compañeros de litera me despiertan a
empujones, con un foco de linterna sobre los ojos y con acordes
de bolero y de marimba todavía de fondo. ¿Estaré en este
mundo?... ¡Siempre nos pasa lo mismo, o llegamos antes de lo
debido o nos quedamos dormidos!, oigo refunfuñar... En fin,
salimos del refugio tan rápidamente que no sé si tenemos que
subir o que bajar...
La luz de
una luna a reventar nos guía a través de escurridizas pedreras
y largos contrafuertes rocosos. Pocas veces he visto un cielo
tan rasurado y cargado de estrellas como el que esta noche nos
arropa. Vamos dejando atrás lugares tan significativos como
"el arrepentimiento" y "el púlpito" hasta
que finalmente enfilamos por la helada lengua que lame los
dentados bordes del gigantesco cráter, en los que se aloja el
punto más cercano al sol del suelo mexicano. Bajo esta cumbre
la perspectiva se desvanece en la espeluznante negrura de un
profundo agujero sin fondo, cortado a cuchillo por escarpados
espolones y tajos rocosos.

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Afortunadamente,
hemos llegado a tiempo a la cita, a pesar de la traicionera
"cabezadita", tenemos la suerte de cumbrear justo en
el momento que está amaneciendo y somos atónitos espectadores
de un efecto óptico sorprendente. Vemos como la gran bola de
fuego emerge y se refleja sobre las aguas del gran océano. Un
espectáculo difícilmente asimilable al tener frente a nosotros
dos soles gemelos. Entre tanto, a poniente, los primeros rayos
incendian las figuras del Popo, Ixta y la Malinche que escapan
por encima de un sedoso mar de nubes. Todo un espectáculo
multicolor de luces y sombras que, sin duda, guardaremos para
siempre en la memoria.

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De regreso a
Chalchicomula, celebramos este completo inolvidable paseo por el
Estado de Puebla y por los "techos mexicanos"
brindando, sin tregua, con unos buenos "tragos" de
Pulque. Este blanco fermento extraído del corazón del Maguey
nos hizo sentir también un poco dioses, en estas tierras en las
que los colosos volcánicos son tan grandes como el más
pequeño corazón de sus gentes. Entre pulque y pulque alguien
me comentó... Por cierto, anoche murmurabas en sueños no se
qué de "La María", de "Chiles bien
picosos", de "Dioses enamorados" y de
"Escurridizos volcanes"… Por supuesto, alegué no
recordar nada al respecto y tarareando el bolero con el que
anoche entrábamos en calor, nos despedimos, como Quetzacoatl,
también camino del mar de los afilados colmillos de blanco
marfil que alojan las fauces del golfo de México.
Ya de
regreso a casa, comprendí que las tierras de Puebla nos habían
regalado un sueño hecho realidad. O quizá, una realidad hecha
sueño en el que tuvimos el privilegio de sentimos pasajeros en
el tiempo a un pasado troquelado por el hombre, y a la vez
experimentar la divinidad de la naturaleza más radical. Nunca
dioses y hombres tuvieron tanto que enseñarse.
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