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Una vez
más, concedíamos reposo a los Dioses alpinos y salíamos al
encuentro de otras deidades terrenales no menos atrayentes.
Zapotitlan Salinas es una interesante población, en cuyos
campos brotan, como si de una epidemia se tratase, infinidad de
especies cactaceas. En este curioso jardín botánico
encontramos cactus de hasta catorce metros de altura y dos
toneladas de peso, algunos de ellos con más de dos siglos de
existencia que parecían burlarse de la prematura vejez humana.
Cerca de
este bosque espinoso, en unas legendarias salinas se sigue
cosechando sal de igual manera que hace miles de años. Sus
operarios inundan de agua salina multitud de pozas reticulares
que destilan sal mediante un lento proceso de evaporación por
estancamiento. Desde los aledaños se muestran como un
geométrico mosaico de piletas de diferente color, según sea la
posición del sol y contenido en suspensión, a la espera de dar
su deshidratada cosecha de sal. Diferentes poblaciones
igualmente interesantes como Tehuacan, Tepeyahualco, Tepexi,
Zapotitlan de Méndez y otras, ofrecen inmejorables alternativas
para apasionarse en el estudio de petrificados archivos
prehistóricos, misteriosos secretos arqueológicos o en el
presente artístico de un intenso pasado colonial.

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Interesantísima
me resulto la zona arqueológica de Caltonac, donde conocimos al
señor Juventino Limón, que lleva más de 50 años investigando
en la zona y reuniendo piezas para su apasionante museo privado
que tuvimos la oportunidad de admirar en la población de
Tepeyahualco. Además, en las cercanías pudimos visitar algunas
antiguas y recuperadas haciendas coloniales próximas a unos
entornos naturales ideales para recorrer a pie, a caballo, en
4x4 y en bicicleta, o disfrutar de trepidantes descensos a lomos
de nerviosos trayectos fluviales, o con el descubrimiento de
recónditas cavidades subterráneas modeladas al antojo de la
erosión.
Pero nuestro
último y más sabroso objetivo todavía estaba por llegar...
Era el turno del Pico Orizaba, el más alto de México, a 5.614
metros y al que los aztecas llamaban "Citlaltepetl" o
"Cerro de la Estrella". Cuenta la leyenda que el Dios
Quetzacoatl, representado como una serpiente emplumada, fue
consumido por el fuego divino en el cráter del volcán y que
tomó forma humana antes de cruzar el océano. La historia se
interrumpe con la certeza de que éste algún día regresará...
Como mejor centro de operaciones para atacar el volcán, nos
decidimos por Chalchicomula de Sesma, nombrada en los mapas como
Ciudad Serdan.

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Esta
acogedora población, fue baluarte en el control del tráfico
comercial entre la costa atlántica y las ciudades del
altiplano. Lugar ideal para recrearse unos días entre
testimonios coloniales y revolucionarios, pero también para
indagar en sus orígenes de los que se han encontrado
intrigantes templos y juegos de pelota. Me impresionó la
belleza severa de sus aislados parajes tatuados a fuego
volcánico por siete hermosas lagunas. Alojadas en sus
respectivos cráteres, son heridas abiertas por la convulsiva
actividad que tuvo la zona.
Por eso a
Clachicomula también se la apoda como la ciudad de los siete
espejos. Por encima de los tejados de la ciudad y a tiro de
piedra puede verse aflorar desafiante la figura del
Citlaltepetl. Es toda una "montañaza" como aquí le
dicen y un magnífico desafío para sus futuros pretendientes.
La aproximación la hicimos en todo terreno hasta las
inmediaciones de un modesto refugio, a través de frondosos
bosques y agrestes morrenas en las que nace la valiente y
espinosa rosa de las nieves.
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