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Después de
este merecido relax horizontal aprendiendo de otras gentes y
otras realidades, nuestro inquieto organismo ya estaba en
disposición de afrontar los muros del más conocido y querido
volcán de México... El Popocateptl o "montaña que
humea" es el blanco de todas las miradas que desde los
cuatro puntos cardinales se le disputan. Su estilizada figura de
cono perfecto rompiendo el horizonte, su eterna columna de humo
perdiéndose en el azul y sus frecuentes arritmias eruptivas son
el motivo de tanta popularidad.
Recuerdo la
impresión que me causo aquel primer impacto en la retina desde
lo alto de la torre de la Catedral de Puebla, al tener de frente
a esa otra Catedral de hielo humeante. Altar de altares para
muchos y Dios de dioses para otros. De amor y muerte es la
leyenda que narra el drama de Popocatepetl y su amada
Iztaccihuatl. De como ella muere de tristeza esperando su
regreso de la batalla, y de como él velará para siempre su
cuerpo tendido con una antorcha humeante en su recuerdo.
Las primeras
crónicas del "Popo" llegaron a España del puño de
Hernán Cortes. En sus cartas relata como tiene que cruzar entre
dos enormes montañas -por el hoy conocido como Paso Cortes
entre el Popo y el Ixta- para llegar a la gran Tenochtitlan.
También describe su constante humareda, de como lanzaba ceniza
y de como algunos de sus hombres se aventuraban al cráter en
busca de azufre para fabricar pólvora.
La ruta más
sencilla al respetado "volcán de volcanes" comienza
en las puertas de un confortable albergue al que se llega en
vehículo. Desde allí remontamos por un desolado sendero que
iría transformándose en larga loma de nieve antes de topar con
los bordes del labio inferior del cráter, que hay que rodear
hasta pisar los 5.465 metros finales. Justo al lado de un
pequeño y azotado por los vientos refugio cimero. El mayor
atractivo del volcán es su elíptico cráter. Echado un vistazo
a de este tétrico pozo de paredes verticales se descubre en lo
más profundo una pequeña laguna y cantidad de chorros de vapor
que brotan del fondo, paredes y crestas. A nuestra llegada el
ascenso e incluso la aproximación al volcán estaba supeditado
a estrictas medidas de seguridad, pues un reciente proceso
eruptivo había causado un desafortunado accidente entre
alpinistas y gran incertidumbre en el propio México DF, debido
a sus copiosas lluvias de ceniza.

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Estas
tremendas convulsiones que se generan en el interior del
volcán, en cambio, no parecían preocupar a los paisanos de las
aldeas cercanas que, como todas las primaveras, encabezados por
"el tiempero", o hacedor de lluvia, un año más
subieron en procesión y con ofrendas para pedir a "Don
Gregorio" -como se conoce popularmente al volcán- que
atrape muchas nubes para que la lluvia sea generosa con los
campos del maíz. "Muchos visitantes se llevan unos
puñados de tierra del volcán", me comentó un paisano,
"dicen que hace crecer las plantas endiabladamente".
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