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De vuelta a
Puebla, nuestros pasos se encaminaron de nuevo hacía las nubes
con un compromiso más exigente: tocar los 5.230 metros del
Iztaccihuatl o "mujer blanca". Desde la lejanía, el
" Ixta" se antoja como el cuerpo de una mujer tumbada,
por cuyo perfil tuvimos que progresar acariciando pies, rodillas
y barriga hasta alcanzar su pecho. Un marcado sendero conduce
entre quebradas y verticales farallones a un austero refugio, en
donde se suele dormir unas horas para atacar la cumbre de
madrugada. Alcanzados los 5.000 metros, la ruta supera cinco
fatigosas falsas cumbres entre platós y la espectacular arista
del Sol, que confluyen en el generoso escote del deseado
"pecho".
Cuanta
razón tenía quien escribió que "lo extraordinario no
transcurre por caminos fáciles y llanos". Según íbamos
progresando por las laderas de la montaña la panorámica
nocturna sobre el valle de México se iba convirtiendo en un
luminoso firmamento hundido, pues millones de luces estrelladas
alumbran las ciudades que, por supuesto, a esas horas dormían
plácidamente mientras les observábamos desde lo más alto. Sin
embargo, para nosotros el amanecer estaba insinuándose y la
presencia de la eterna fumarola del vecino Popocatepetl vista
desde tan cerca parecía tentar al alcance de la mano.
El sol ya
lucía alto y la privilegiada perspectiva a vista de pájaro
desde la cumbre, nos hizo olvidar aquel sabio consejo: "Es
conveniente alcanzar la cima e iniciar el descenso con las
primeras luces del día, pues si el sol calienta avanzar sobre
nieve blanda puede resultar interminable"… Cuanta razón
tenía.
Necesitábamos
un merecido descanso y este era un buen pretexto para rebuscar
en la gran caja de sorpresas que es el Estado de Puebla. A las
faldas de esta apabullante naturaleza, un revoltijo multicolor
de pueblos, haciendas, fiestas, mercados y sitios arqueológicos
arrastran un bagaje cultural prehispánico y colonial
apasionante. La población de Cholula es considerada como la
ciudad habitada más antigua de México. En ella se levanta una
gran pirámide cuadrangular dedicada al Dios de la lluvia,
compuesta de siete pirámides superpuestas a lo largo de seis
siglos. Encima de ésta fue construida, en tiempos de la
colonia, una iglesia que desde la distancia compone una
magnífica estampa con el sobrecogedor Popocatepetl a su
espalda.

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Fue grato
comprobar como a pesar del implacable mazazo de la historia,
algunas comunidades indígenas han mantenido arraigadas
creencias, indumentaria y lengua propias. Muestra palpable de
esa tenaz resistencia la encontramos en el popular tianguis de
la mestiza ciudad de Cuetzalan, a la que cada domingo bajan
desde las montañas indios Totocanas y Navas para mercadear con
sus productos. Por unos pocos pesos se pude conseguir lo más
inesperado... Recuerdo como un hábil guarnicionero me fabricó
en menos de cinco minutos un par de sandalias. "Las mejores
para destripar caminos", me dijo, sin darme tiempo apenas a
salir de mi asombro.
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