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La memoria
de estos volcanes se pierde en la noche de los tiempos, hace
millones de años que comenzó su actividad y desde que se
conozca el hombre se ha sentido atraído por ellos. Los aztecas
poblaron sus contornos y les dieron nombre simbolizando en ellos
a dioses y mitos inalcanzables para los mortales humanos. Cinco
apasionantes ascensiones nos ofrecían a este lado del
"charco" la posibilidad de traspasar la frontera
terrenal y sentir la divinidad de las alturas tocando el cielo
americano y, por tanto, no íbamos a desperdiciar la oportunidad
que presentaba la ocasión.
Para subir
estos volcanes por sus rutas más fáciles tan solo
necesitaríamos algo que ya traíamos; experiencia en
ascensiones glaciares, buena condición física, material
adecuado y por supuesto "echarle muchas ganas", como
por aquí dicen... Las imágenes más sensacionales estaban
esperando ser atrapadas en sus laderas y sus cumbres. Desde
allí arriba comprobaríamos que realmente la tierra respira y
tiene pulso, como en una ocasión me contó un amigo
volcanólogo.

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La
experiencia siempre manda y nos recomendaba que comenzar por
conseguir una progresiva aclimatación si no queríamos sufrir
el tan odiado y padecido, en otras ocasiones, "mal de
altura"... Los 2.200 metros de la Ciudad de Puebla fueron
el escalón que nos ayudó a encarar los 4.462 metros de
"la mujer de las faldas azules" o Matlalcueyatl, como
los aztecas la llamaban en lengua Nahuatl y hoy conocida como la
Malinche pues fue rebautizada por los españoles. Puestos a
caminar el sendero de ascenso atraviesa un tupido bosque de
coníferas que va ganando altura hasta alcanzar una amplia
cresta de bloques rocosos que conduce a la cima. Esta
excepcional atalaya de observación, debido a su céntrica
situación, nos brindó una inmejorable perspectiva sobre el
resto de los volcanes que teníamos intención de disfrutar.
De regreso a
la ciudad pactamos tregua con las alturas a cambio de dar
satisfacción a otros sentidos de "bajura". La calle
de Santa Clara nos concedió la oportunidad de recuperar fuerzas
y calmar el paladar en sus populares dulcerías, fruto de siglos
de creatividad domestica entre fogones. Igualmente, en las
terrazas y mesones de los soportales del céntrico Zócalo
pudimos saborear el típico "Nevadito" de frutas,
helado y crema con licor de caña. Escuchar de fondo un
melódico mariachi y, porque no, tumbarnos varios
"caballitos" - vasos - de tequila escoltados por un
chupetón de limón, sal y sangrita, mientras rebañamos un
sabroso aperitivo de guacamole. Son pequeños deleites que
tienen su máxima expresión en apetitosos platos tradicionales
como el famoso "Mole poblano" y los "Chiles en
nogada", piezas maestras de la cocina poblana cuyo
simbolismo va parejo al gastronómico, y ante los cuales
capitulamos sin condiciones.

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Ya con el
estomago satisfecho enfilamos soporosos por el mercado de El
Pairan donde el arte popular tiene su espacio y su expresión.
Una antigua plazuela recubierta de coloridos azulejos de
Talavera se ha convertido en animado bazar de artesanías
realizadas en tejidos, vidrio, cerámica y todo lo que puede
elaborarse con imaginación. Otra coqueta plazuela, la de Los
Sapos, exuda talento añejo por portales y balconadas, en ella
cada domingo se monta un concurrido tianguis -mercado- de
antigüedades arrullado por el rumor de tabernas, mariachis y
tríos... Que rico me supo aquella castiza "Pasita" a
base de infusión de pasas maceradas en licor de caña y
acompañada de un trozito de queso fresco.
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