Puebla es una de esas
ciudades fraternales, en las que el visitante pronto se fusiona
con el entorno. Un entorno en el que sobran el reloj y la prisa.
El carácter poblano marca el son y los ritmos de esta joya
urbanística que atusa e invita al viajero a conocerla. Cada uno
de sus asombrosos rincones - declarados por la UNESCO patrimonio
cultural de la humanidad-, son testigos mudos y a la vez
locuaces de un pasado muy presente para esta ciudad maquillada
de historia y espacios naturales. La Puebla que estábamos
visitando fue fundada en 1531 como resultado de la ocupación
del territorio por Hernán Cortes. Su estratégica situación
ofrecía descanso y auxilio a la red de abastos y viajeros que
desde el puerto atlántico de Veracruz llegaban a la gran
Tenochtitlan, hoy Ciudad de México. Con el tiempo fue
convirtiéndose en una ciudad residencial a la que los
españoles quisieron vestir al estilo europeo. Como
consecuencia, una incontinente arquitectura colonial afloró a
partir del siglo XVI; estilos gótico, plateresco, renacentista,
herreríano, barroco y neoclásico en estado puro o sincrético
fueron plasmándose en plazas, templos y fachadas.
Afortunadamente el
agónico paso del tiempo no ha mellado en esta urbe bordada por
unas crónicas apasionantes. El compás de la historia está
suspendido en estas calles empedradas, trazadas a cordel y
salpicadas de fina lencería arquitectónica. Como malos
navegantes que somos pronto fuimos náufragos, plano en mano,
por su reticulada alineación cardinal encontrándonos con todo
un almacén de sabiduría cincelado por manos indígenas. Nos
llamó la atención la altura de las torres de su Catedral,
desde las que se escapa el seco eco de "La María",
una campana de 8.500 Kilos que guarda celosa el secreto de su
izamiento.

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Nos dijeron que la
octava maravilla se custodia en esta ciudad y fuimos a
comprobarlo... cruzar la entrada de la Capilla del Rosario fue
como destapar un codiciado cofre que esconde un fastuoso tesoro.
Todo su interior es un alegato a la fantasía más barroca
imaginable. Hasta el último de sus repujados recovecos esta
forrado con papel de oro, en una obra que roza la orfebrería.
Recuerdo que alguien apostó un par de tequilas a que con las
tecnologías de hoy en día sería imposible conseguir una obra
de semejante dedicación.
Escrito a la vuelta
de cada esquina, el pasado y presente de Puebla también puede
leerse en su horizonte. Con solo aupar la mirada, frente a
nosotros, de pronto aparecieron los protagonistas que presiden
el gran anfiteatro del Golfo de México... sus majestades los
volcanes, a los que teníamos intención de cortejar. Dos
cadenas montañosas surcan el país de Norte a Sur separando al
altiplano de las aguas de los dos océanos. En la confluencia
sur de estas cordilleras, a la altura del paralelo 19, se
amontonan estos volcanes, los más característicos de América
Central y del Norte. De los cerca de los tres mil volcanes que
arrugan el cuero mexicano, curiosamente los más elevados están
abrazados por los limites cartográficos del Estado de Puebla.
Situación sumamente interesante para nuestras intenciones, pues
tomando como campo base la Ciudad de Puebla llegaríamos en
pocas horas al inicio de todas las ascensiones. Sin duda toda un
provocación.