Es media
noche y acabamos de llegar al refugio. No hay luna y el frío
enviste con saña. Tenemos cita con el Sol en la cima del Pico
Orizaba pero hemos calculado mal. A este paso si todo va bien
tocaremos cumbre mucho antes del amanecer y esperar a esta
altura su llegada puede arrugarnos considerablemente la sonrisa.
Acurrucados en el refugio decidimos dejar que el reloj empuje un
par de horas más y así llegar arriba cuando la luz esté
apunto de esparramarse por el horizonte. Pregunto a Victoria y a
Juanjo si calentamos unos "teecitos" que templen la
espera, pero un largo resoplido de placentero relax horizontal
es su única respuesta... Buena idea, yo también intentaré
dormir un poco.
Me
"plego" al lado de unos cuates mexicanos que hace rato
también resoplan, y escucho como uno de ellos marea el dial de
una pequeña radio en busca de sintonía. Tras varias dudas
finalmente se decide por un apasionado bolero. Que ironía la de
las ondas, unos compases tan cálidos para una noche tan fría.
A ritmo de marimba y de la mano del maestro Agustín Lara caigo
fulminado por un confuso duerme y vela. Como si de un viejo
relato de imagen sepia se tratase, comienzan a desfilar por mi
memoria todos y cada uno de los magníficos días que llevamos
navegando en seco por los suelos del Estado de Puebla, y los
"tejados mexicanos". Bien acompañado de amigos
elegidos por la melancolía y de otros ya inseparables cuando
Madrid queda lejos, me resbalo entre vivencias por la suave
modorra que tan fácilmente me hace recordar.

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Vuelvo a
encontrarme llegando en noche de perros y aguacero diluviano a
la ciudad de Puebla. Eran los últimos coletazos de uno de los
muchos desajustes climáticos provocados por el mortífero
"niño", que ha su paso dejó una vez más dolor y
desolación en los barrios más desafortunados de las costas
americanas. La incertidumbre de una climatología tan adversa
nos tenía con el alma en un puño... ¡Seguro que mejora!, nos
reconfortábamos. Sorprendentemente, la mañana siguiente
despuntó con el destello de nuevas luces sobre las cúpulas y
torres de Puebla. Como cada mañana desde hace siglos, el
tañido ronco de sus campanarios despereza a esta ciudad que se
asienta sobre un urbano tablero de ajedrez rodeado por esbeltos
icebergs que emergen del altiplano mexicano. Son los volcanes
más altos del Golfo de México que a modo de fortaleza natural
cercan los confines de la ciudad, y que tras el temporal
presentaban un aspecto soberbio al contemplarse totalmente
saturados de nieve.