Siguiendo mi paseo,
me fijo en la curiosa simbología de algunas casas que se empleo
en la ciudad antiguamente para la localización de los
domicilios hasta que se introdujo la numeración de los mismos.
Muchos de esos símbolos informaban también acerca del oficio
del inquilino: luthiere, religioso, artesano, orfebre... Al
final de la calle, aparece la torre del puente de Carlos IV,
representado sonriente en una estatua situada a la entrada del
mismo. La vista desde el puente es maravillosa. Vas dejando
atrás una hermosa orilla del río Vlatava para adentrarte en
otra dominada por una impresionante catedral.
El puente, que mide
520 metros, se construyó con bloques de piedra arenisca y,
según consta, se añadieron huevos al mortero para reforzar la
construcción. En un tiempo se permitió el paso de vehículos,
pero por temor al deterioro se hizo peatonal y se ha convertido
en el centro de reunión de artistas, artesanos, pintores,
fotógrafos, caricaturistas, titiriteros y músicos, que le dan
un carácter especial y atractivo. El puente esta presidido por
numerosas estatuas religiosas, 21 en total, pero quizás el
relieve que representa el martirio de San Juan Nepomuceno sea
uno de los detalles mas curiosos y relevantes de toda esta
iconografía.

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La gente guarda cola para tocar y
pedir suerte a aquel religioso que no quiso romper su secreto de
confesión cuando el monarca Wenceslao le pregunto si su esposa
le era infiel. Como castigo Nepomuceno fue arrojado desde el
puente atado a una pesada roca y condenado a morir en las aguas
del río Vlatava, como otros muchos en aquella época. Y allí,
mirando una orilla y otra, sintiendo correr bajo los pies el
río que a tantas personas se trago, el viajero se detiene y
sigue escuchando las historias que la ciudad le cuenta.
Continúa
