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Lo primero
con lo que se encuentra el viajero que llega a Aveiro en tren es
con la propia ciudad y sus costumbres resumidas en forma de
azulejos. Toda la pared de la estación que da a los andenes
está cubierta con paneles de azulejos blancos y azules de los
que resalta algún borde en amarillo.
Después de
cruzar la sala de espera, una larguísima avenida se extiende
casi desde las escaleras de la estación. Al caminar por ella,
se tiene la primera toma de contacto con la ciudad actual. La
tranquilidad con la que camina la gente, el olor de las tiendas
de ropa y el pavimento en forma de dibujos marítimos dan la
sensación de estar en un pueblo grande.
Casi al
final, la avenida se desliza hacia un lado para dejar su espacio
al Canal Central, que se une al Canal do Paraíso y llega a la
ría con el nombre de Canal das Pirámides. Entre los puentes
que lo cruzan flotan los moliceiros, los barcos de
colores que servían para recoger algas en la ría y que
constituyen uno de los símbolos de esta zona. La unión de
estos elementos es lo que ha hecho que a Aveiro se la llame la
“Venecia portuguesa”.
La margen
derecha del Canal Central está bordeada por casas art
nouveau, que le proporcionan un carácter atípico. Si,
además, uno camina por las calles de esa parte de la ciudad,
los rastros de la época colonial se hacen omnipresentes. Las
tiendas de café y chocolate, decoración e, incluso, las
librerías tienen un sabor que no han perdido a lo largo de casi
un siglo. No obstante, es en las confiterías y cafés donde se
puede palpar más de cerca esa sensación, mientras se comen
unos ovos moles (dulces a base de huevos y azúcar
cubiertos de oblea).
Las calles
que suben desde la margen izquierda del Canal Central conducen a
la parte oficialmente monumental. Lo primero que el visitante se
encuentra es el edificio del Ayuntamiento, pintado de rosa entre
piedra blanca. Después, la plaza de la catedral, donde se
encuentra la iglesia del antiguo convento de São Domingos,
convertida este siglo en sede episcopal. Visto desde fuera, el
templo tiene la sencillez de las iglesias construidas en
América durante el siglo XVII.

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A pocos
metros de la catedral está el Museu de Aveiro, que ocupa las
dependencias de lo que hasta 1874 fue el Convento de Jesús. Sin
embargo, el nuevo uso del edificio no ha roto su carácter
conventual, propiciado por la instalación de las salas
alrededor de los claustros. Pero Aveiro no es sólo historia
teñida de algún toque de provincianismo. La universidad
proporciona a la ciudad la vida necesaria para evitar el
aburrimiento. Durante el día, el punto de reunión es el
moderno centro comercial, en forma de avenida con dos pisos y
amplias zonas abiertas al exterior. Por la noche, es la Praça
do Peixe y sus inmediaciones las que se llenan de jóvenes, que
acuden a los bares allí situados.
Continúa
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