|
Las
ocasiones de hacer una escapada desde Oporto, aun sin medio de
transporte propio, son inmensas. De la estación de São Bento
salen cada hora trenes hacia cualquier parte del país. Entre
los posibles destinos, Aveiro -cabeza de la Região de Turismo
Rota da Luz- es un lugar idóneo si se quiere visitar una de las
ciudades menos conocidas y con más encanto de Portugal. Si,
además, el viaje se realiza en tren, el propio trayecto supone
un incentivo para esta elección.
Pocos son
los momentos durante el camino hacia el sur en los que no se ve
el mar, sobre todo durante la primera parte del recorrido.
Cuando se accede al vagón del tren inter-regional debe dejarse
en el andén la idea de pertenencia al siglo XXI: ni la máquina
ni las vistas del recorrido lo son. La panorámica de la ciudad
desde el tren es la primera sorpresa que se encuentra el viajero
que atraviesa el Duero en ferrocarril. Todo el casco urbano se
ofrece a los ojos como surgido de las aguas hasta que, poco a
poco, va siendo sustituido por la arena de las playas.
Desde Aguda
hasta los arenales de Espinho, la vía está jalonada de casas
que producen en la imaginación recuerdos de un siglo XX recién
estrenado. No resulta difícil imaginar a las familias burguesas
de los años 20 sentadas en las galerías acristaladas para
tomar el té con sus visitas. Las paredes, pintadas de colores
que reflejan con viveza la luz del sol, ocultan a los ojos
ajenos los momentos íntimos de aquella gente.
Apenas da
tiempo para dejar de pensar, cuando Espinho llama la atención
para hacer bajar del tren a los curiosos. Espinho es una ciudad
joven, hace poco más de cien años desde que adquirió tal
título y su plano responde al modelo urbanístico de finales
del siglo XX: todas las calles se cruzan en ángulos de 90°.
Desde los
azulejos en el pasadizo de la estación hasta las casas más
cercanas a la playa recuerdan los años en que se formó la
ciudad-balneario para la burguesía norteña a partir de una
pequeña aldea de pescadores. Sólo la ropa y los vehículos
impiden hacerse a la idea de que al bajar del tren en Espinho se
ha trasladado uno a aquél tiempo. El paseo marítimo es un
lugar ideal para relajarse y disfrutar del olor a agua salada, de
la brisa y la luz sobre las baldosas.
Después de
Espinho, Ovar se ofrece al viajero como una parada apetecible.
Hace falta recorrer algunos kilómetros desde el centro de la
villa -donde está la estación- hasta la playa, pero el camino
merece la pena. Los azulejos que recubren las casa de Ovar hacen
a éstas especiales. Como casi todo en este viaje, sus puertas y
ventanas no son del presente. Cuando regrese a la villa, el tren
estará esperando al viajero para recorrer la distancia que
separa los azulejos de la estación de Ovar de aquellos que
adornan la de Aveiro.
Continúa
|