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Sumario

Introducción
La Pasión Revivida
Porto 2001: Un acontecimiento que levantó piedras
El vino, de orilla a orilla
Un paseo por los jardines del arte: Serralves
Oporto-Aveiro: Viaje en el tren del tiempo
Aveiro: Canales de Arte Nuevo
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Oporto:
Donde el contraste se hizo belleza
Texto y fotos: Henrique García Facuriella
 
 Oporto-Aveiro: Viaje en el tren del tiempo
 
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Espinho - © Henrique García Facuriella

Las ocasiones de hacer una escapada desde Oporto, aun sin medio de transporte propio, son inmensas. De la estación de São Bento salen cada hora trenes hacia cualquier parte del país. Entre los posibles destinos, Aveiro -cabeza de la Região de Turismo Rota da Luz- es un lugar idóneo si se quiere visitar una de las ciudades menos conocidas y con más encanto de Portugal. Si, además, el viaje se realiza en tren, el propio trayecto supone un incentivo para esta elección.

Pocos son los momentos durante el camino hacia el sur en los que no se ve el mar, sobre todo durante la primera parte del recorrido. Cuando se accede al vagón del tren inter-regional debe dejarse en el andén la idea de pertenencia al siglo XXI: ni la máquina ni las vistas del recorrido lo son. La panorámica de la ciudad desde el tren es la primera sorpresa que se encuentra el viajero que atraviesa el Duero en ferrocarril. Todo el casco urbano se ofrece a los ojos como surgido de las aguas hasta que, poco a poco, va siendo sustituido por la arena de las playas.

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Iglesia de Ovar - © Henrique García Facuriella

Desde Aguda hasta los arenales de Espinho, la vía está jalonada de casas que producen en la imaginación recuerdos de un siglo XX recién estrenado. No resulta difícil imaginar a las familias burguesas de los años 20 sentadas en las galerías acristaladas para tomar el té con sus visitas. Las paredes, pintadas de colores que reflejan con viveza la luz del sol, ocultan a los ojos ajenos los momentos íntimos de aquella gente.

Apenas da tiempo para dejar de pensar, cuando Espinho llama la atención para hacer bajar del tren a los curiosos. Espinho es una ciudad joven, hace poco más de cien años desde que adquirió tal título y su plano responde al modelo urbanístico de finales del siglo XX: todas las calles se cruzan en ángulos de 90°.

Desde los azulejos en el pasadizo de la estación hasta las casas más cercanas a la playa recuerdan los años en que se formó la ciudad-balneario para la burguesía norteña a partir de una pequeña aldea de pescadores. Sólo la ropa y los vehículos impiden hacerse a la idea de que al bajar del tren en Espinho se ha trasladado uno a aquél tiempo. El paseo marítimo es un lugar ideal para relajarse y disfrutar del olor a agua salada, de la brisa y la luz sobre las baldosas.

Después de Espinho, Ovar se ofrece al viajero como una parada apetecible. Hace falta recorrer algunos kilómetros desde el centro de la villa -donde está la estación- hasta la playa, pero el camino merece la pena. Los azulejos que recubren las casa de Ovar hacen a éstas especiales. Como casi todo en este viaje, sus puertas y ventanas no son del presente. Cuando regrese a la villa, el tren estará esperando al viajero para recorrer la distancia que separa los azulejos de la estación de Ovar de aquellos que adornan la de Aveiro.

Continúa


 

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