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Sumario

Introducción
La Pasión Revivida
Porto 2001: Un acontecimiento que levantó piedras
El vino, de orilla a orilla
Un paseo por los jardines del arte: Serralves
Oporto-Aveiro: Viaje en el tren del tiempo
Aveiro: Canales de Arte Nuevo
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Oporto:
Donde el contraste se hizo belleza
Texto y fotos: Henrique García Facuriella
 
 Un paseo por los jardines del arte: Serralves
 
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Interior del Museo Serralves - © Henrique García Facuriella

El día dedicado a visitar Serralves es un auténtico día de paseo. Por unas horas se abandonan el bullicio y las obras del centro y se deja a la cabeza perderse entre pasillos, salas y jardines. El museo es un edificio absolutamente blanco, de rigurosas líneas rectas y amplísimos ventanales. Su interior está construido por la luz que lo inunda todo y en todo se refleja, por el verde de los jardines proyectado con fuerza dentro de las salas. Resulta imposible distinguir museo y jardines, blanco y verde, obras de arte y árboles; desde dentro y desde fuera ambos espacios forman parte de un todo íntimamente unido.

Gracias, por una parte, al dominio de la luz y, por otra, a la planificación de los administradores, el museo es una realidad siempre cambiante. Ninguna visita a Serralves es igual a las anteriores: la combinación de alteraciones en las condiciones atmosféricas, la sucesión temporal de exposiciones e, incluso, las modificaciones de un día a otro dentro de una misma instalación hacen del museo y sus jardines un lugar habitual del que resulta imposible cansarse.

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Jardines y Casa de Serralves - © Henrique García Facuriella

Las paredes fijas son mínimas si se las compara con las que se mueven de un día para otro, de una exposición a otra. El edificio es casi un ser vivo, se adapta a las situaciones, respira y deja fluir por su interior la savia -la fuente de su vida-: sus visitantes. Serralves es, más que un centro de cultura, un espacio de recreo. Muchas personas únicamente van al museo para comer en su restaurante después de haber dado una vuelta por la zona. La contemporánea exquisitez del edificio se prolonga en la comida que allí se sirve.

A pesar de que existe una carta considerablemente amplia, la opción estrella es, con toda certeza, lo que se denomina salada. Esto no es mas que una selección de alimentos, generalmente vegetales, y salsas colocados encima de una mesa. Este tipo de comida fomenta la creatividad de los comensales, quienes pueden tomar cuantos ingredientes quieran y combinarlos como les parezca apropiado. Ello hace que en el restaurante haya un continuo trasiego de personas que van a la mesa para llenar sus platos y camareros que acuden para reponer lo que se acaba.

Por la tarde -y si el tiempo lo permite-, la mejor opción es una salida a los jardines: 20 hectáreas de zonas arboladas, paseos y fuentes, cuyas cualidades más destacadas son sus colores y su capacidad para provocar la relajación de las mentes, elevando el grado de las sensaciones. Entrar en este parque es permitir a los sentidos un viaje libre, descuidarse y avanzar sin seguir una ruta previa. En los jardines de Serralves sólo se debe caminar cuando a uno le apetece y por donde conduce la capacidad de orientación de los sentidos.

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Serralves. Casa del Té - © Henrique García Facuriella

Únicamente la Casa del Té puede considerarse una parada obligatoria. Tomar un refrigerio en su interior, o fuera de ella, es algo más que una consumición, es pensar que no es uno -con su vida exterior- quien está sentado e imaginarse que vivirá para siempre en un ambiente de elevada despreocupación. La misma zona donde se encuentra Serralves ofrece la mejor forma de acabar el día. Cuando el sol inicia su último trayecto hasta el ocaso, el viajero sale del museo y toma la Avenida do Marechal Gomes da Costa hacia abajo, hacia el mar de la Foz do Douro.

Al entrar en la Rua de Diú, las mansiones dejan su sitio a las antiguas casas, con sus azulejos y puertas de otro tiempo. Al pasear por esta calle, uno tiene la tentación de decir “esto no es Portugal, no es Oporto”. Las casas acabadas en punta, sus azulejos y sus puertas sorprenden más que los chalets anteriores, sobre todo cuando el rumor de las olas prepara la pronta visión del mar.

Continúa


 

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