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El día
dedicado a visitar Serralves es un auténtico día de paseo. Por
unas horas se abandonan el bullicio y las obras del centro y se
deja a la cabeza perderse entre pasillos, salas y jardines. El
museo es un edificio absolutamente blanco, de rigurosas líneas
rectas y amplísimos ventanales. Su interior está construido
por la luz que lo inunda todo y en todo se refleja, por el verde
de los jardines proyectado con fuerza dentro de las salas.
Resulta imposible distinguir museo y jardines, blanco y verde,
obras de arte y árboles; desde dentro y desde fuera ambos
espacios forman parte de un todo íntimamente unido.
Gracias, por
una parte, al dominio de la luz y, por otra, a la planificación
de los administradores, el museo es una realidad siempre
cambiante. Ninguna visita a Serralves es igual a las anteriores:
la combinación de alteraciones en las condiciones
atmosféricas, la sucesión temporal de exposiciones e, incluso,
las modificaciones de un día a otro dentro de una misma
instalación hacen del museo y sus jardines un lugar habitual
del que resulta imposible cansarse.
Las paredes
fijas son mínimas si se las compara con las que se mueven de un
día para otro, de una exposición a otra. El edificio es casi
un ser vivo, se adapta a las situaciones, respira y deja fluir
por su interior la savia -la fuente de su vida-: sus visitantes.
Serralves es, más que un centro de cultura, un espacio de
recreo. Muchas personas únicamente van al museo para comer en
su restaurante después de haber dado una vuelta por la zona. La
contemporánea exquisitez del edificio se prolonga en la comida
que allí se sirve.
A pesar de
que existe una carta considerablemente amplia, la opción
estrella es, con toda certeza, lo que se denomina salada.
Esto no es mas que una selección de alimentos, generalmente
vegetales, y salsas colocados encima de una mesa. Este tipo de
comida fomenta la creatividad de los comensales, quienes pueden
tomar cuantos ingredientes quieran y combinarlos como les
parezca apropiado. Ello hace que en el restaurante haya un
continuo trasiego de personas que van a la mesa para llenar sus
platos y camareros que acuden para reponer lo que se acaba.
Por la tarde
-y si el tiempo lo permite-, la mejor opción es una salida a
los jardines: 20 hectáreas de zonas arboladas, paseos y
fuentes, cuyas cualidades más destacadas son sus colores y su
capacidad para provocar la relajación de las mentes, elevando
el grado de las sensaciones. Entrar en este parque es permitir a
los sentidos un viaje libre, descuidarse y avanzar sin seguir
una ruta previa. En los jardines de Serralves sólo se debe
caminar cuando a uno le apetece y por donde conduce la capacidad
de orientación de los sentidos.

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Únicamente
la Casa del Té puede considerarse una parada obligatoria. Tomar
un refrigerio en su interior, o fuera de ella, es algo más que
una consumición, es pensar que no es uno -con su vida exterior-
quien está sentado e imaginarse que vivirá para siempre en un
ambiente de elevada despreocupación. La misma zona donde se
encuentra Serralves ofrece la mejor forma de acabar el día.
Cuando el sol inicia su último trayecto hasta el ocaso, el
viajero sale del museo y toma la Avenida do Marechal Gomes da
Costa hacia abajo, hacia el mar de la Foz do Douro.
Al entrar en
la Rua de Diú, las mansiones dejan su sitio a las antiguas
casas, con sus azulejos y puertas de otro tiempo. Al pasear por
esta calle, uno tiene la tentación de decir “esto no es
Portugal, no es Oporto”. Las casas acabadas en punta, sus
azulejos y sus puertas sorprenden más que los chalets
anteriores, sobre todo cuando el rumor de las olas prepara la
pronta visión del mar.
Continúa
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