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Si decíamos
que el agua del Duero es la fuente de la que surge la ciudad, el
vino de Oporto es su verdadera sangre. Cada año, miles de
litros de vino joven bajan desde la Região Demarcada do Douro
-la primera Denominación de Origen de la historia-, donde se
cultiva, hasta las bodegas de Vila Nova de Gaia, el corazón del
Oporto. Resulta curioso que la ciudad que da nombre al vino no
sea ni su lugar de nacimiento ni de su maduración, sino de su
proyección a través de las arterias comerciales.
Es necesario
cruzar el río, atravesar las aguas hacia el sur y abandonar la
Ribeira portuense para contemplar el descanso entre madera del
vino de Oporto. Antes de entrar en las bodegas, o caves,
la vista cruza de nuevo el río y mira la Ribeira desde la otra
parte. La ciudad aparece, entonces, camuflada entre los barcos
rabelos: aquellas embarcaciones que servían para trasladar el
vino desde las tierras de cultivo hasta las bodegas y que hoy
sólo son rastros decorativos de un recuerdo.
Dentro, se
aprecian rápidamente los cambios en la luz y la temperatura,
más bajas que en el exterior. Entre las barricas -donde el vino
duerme su particular sueño-, las guías explican a los turistas
de forma detallada las características de los distintos tipos
de vino de Oporto: blanco, ruby y tawny.
Cada casa
productora posee su propia historia, pero en todas ellas Gran
Bretaña juega un papel fundamental. Se dice que fueron los
ingleses quienes descubrieron la forma de hacer el vino de
Oporto, mediante el añadido de aguardiente vínico al mosto
para interrumpir su fermentación. Esto es lo que le da al
Oporto su sabor, que lo hace vino de aperitivo o sobremesa.
Probado junto con queso y nueces -a la manera inglesa- o
pasteles de chocolate, el Oporto conduce la mente por medio del
paladar a la época en la que sólo algunos privilegiados
podían beberlo.

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De esta
época quedan en la ciudad abundantes edificios, todos ellos
herederos del neopalacianismo inglés del siglo XVIII. Ejemplos
de ello son la Alfândega Nova (Aduana Nueva), la Factoria
Inglesa -lugar de reunión de los hombres de negocios ingleses
que residían en Oporto- o la iglesia de los Terceiros de São
Francisco -el primer templo neoclásico de la ciudad-. Es en ese
momento, precisamente, cuando comienza el cosmopolitismo
contemporáneo de Oporto y la falta de miedo con la que los
portuenses encaran el futuro y los nuevos retos. Al salir a la
calle después de haber tomado dos copas de vino, el mundo
adquiere una tonalidad ámbar y un regusto dulce a la vez que
intenso.
Continúa
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