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Puede
decirse que Oporto comienza en la estación de São Bento. A
poco que salga de su vestíbulo azulejado se le presentan al
visitante todos los caminos y todos los ambientes que permite la
ciudad. En las escaleras de la estación surge la primera duda:
hacia dónde ir. Existen cuatro posibles vías y dos importantes
polos de atracción: la catedral a la izquierda y la torre de
los Clérigos enfrente, que llaman la atención del recién
llegado por su situación predominante.
Entre los caminos, el que
conduce a la Ribeira posee especial magnetismo. El río -la
fuente de la que surge la ciudad, su germen y su esencia-
arrastra al visitante a tomar las calles que descienden desde
São Bento. De éstas, es la Rua das Flores la que permite una
mayor toma de contacto con la realidad de la zona histórica de
Oporto. Es entonces cuando el granito adquiere un protagonismo
indiscutible; tanto, que al sol únicamente se le permite marcar
el paso, dejar su huella en el suelo y los cristales, pero nunca
hacerse el dueño de la calle.
Al final de
la Rua das Flores, el color consigue sobreponerse al gris
gracias al Mercado Ferreira Borges, completamente pintado de
rojo. Sin embargo, es en el interior donde este edificio de
hierro forjado despliega todo su potencial, donde la luz
tamizada por los lienzos blancos y azules que cubren los vanos
crea un microclima en el que se desarrollan exposiciones y
ferias.
Sólo cuando uno consigue
sustraerse por un momento al encanto de la luz puede salir y
encarar el tramo final hasta el río. A la derecha del Mercado
llama inmediatamente la atención el Palacio da Bolsa,
construido en 1834 como sede de la Asociación Comercial de
Oporto. Los muros blancos de este edificio esconden un lujo casi
avasallador: el yeso pintado y las maderas nobles cubren unas
salas que todavía hoy se iluminan para acoger los grandes
acontecimientos comerciales y políticos. Sin duda alguna, el
Patio de las Naciones, completamente acristalado, y el Salón
Árabe, son las estrellas de una visita indispensable.

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Pegada al
Palácio da Bolsa, se encuentra la iglesia de São Francisco.
Los muros exteriores y sus ventanas -góticos y sencillos al
mismo tiempo- tienen la propiedad de trasladar la mente al
pasado, de imaginar una ciudad que vivía para la fe y el río.
El interior del templo contrasta de forma radical con esta
sensación: en las tres naves, recubiertas con 200 kilogramos de
oro, no hay más espacio que para el brillo de la madera dorada.
La terraza sobre la que se
asienta la iglesia es el primer punto desde donde se tiene una
panorámica del río y la orilla opuesta. En ese momento sólo
se piensa en bajar, cruzar la línea del tranvía y meterse de
lleno en el Casi da Ribeira. Al llegar al río, se hace visible
otro de los símbolos de Oporto: el puente de Dom Luis I, cuya
estructura de hierro es imposible perder de vista mientras se
pasea por la Ribeira.

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Lo primero
que llama la atención es la ropa tendida en ventanas y
balcones, detrás de los que viven personas ajenas a otra
realidad que no sea el río. Parece que el tiempo no ha pasado
-o lo ha hecho demasiado- por estas casas, pintadas de colores
vivos y apoyadas unas en otras. Desde la Praça da Ribeira puede
emprenderse el ascenso hasta el Terreiro da Sé, hasta la
catedral, atravesando calles estrechas y empinadas, herederas
directas de los caminos urbanos medievales. La Rua de Santana es
un ejemplo de este espacio, siempre poblada por niños que no
temen a los coches en una ciudad de 300.000 habitantes.
En el caso
de que al salir de São Bento se hubiera caminado hacia arriba,
el espectáculo habría sido completamente distinto. La amplia y
transitada Avenida dos Aliados da al visitante la posibilidad de
ver los imponentes edificios de principios del siglo XX, sedes
de bancos y periódicos.
Girando a la
derecha se llega a la Rua de Santa Catarina, la suprema calle
comercial de Oporto. Cientos de metros flanqueados por innumerables
tiendas, dos centros comerciales y el café más antiguo de los
que aún prestan servicio en la ciudad: el Majestic.
Sin embargo,
si se desciende por una de las calles de la izquierda no será
difícil pasar de la burguesa urbanidad de Santa Catarina a la
ruralidad hecha mercado en Bolhão. Los colores y los olores
reinan en este edificio de columnas grises. Los puestos de fruta
comparten espacio con el pescado, las flores con la carne, en un
ambiente imposible de encontrar fuera de Oporto.
Si hubiera
que resumir en una palabra este mercado del siglo XIX, ésta
sería “autenticidad”: gentes del campo y el mar trasladados
a la ciudad con los productos que venden y ofrecen a voz en
grito a los clientes. Aquí es donde reside la distinción de
Portugal dentro de un mundo cada vez más dominado por la
reproducción internacional de las firmas comerciales.
Continúa
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