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Oporto
contiene en sus 45 kilómetros cuadrados la esencia y forma de
las regiones circundantes: Oporto es Douro y Minho urbanizados.
La ciudad sale del espacio acotado por la UNESCO como Patrimonio
de la Humanidad para acoger todos los contrastes.
Oporto es
pasado a la vez que futuro. Fundada alrededor del siglo VIII
a.C., pronto se convirtió en un punto de unión entre la costa
atlántica de la Península Ibérica y los puertos del
mediterráneo. Durante la Edad Media y la formación de la
nacionalidad portuguesa es tal la importancia de la ciudad que
Portugal misma toma su nombre de la denominación romana de
Oporto: Portus Calle. Hoy, el puerto de donde salieron
tantas naves en dirección a las tierras descubiertas para la
Corona portuguesa entre los siglos XV y XVI quiere ser uno de
los arietes de la nación para el futuro.
Oporto
mantiene, entrelazadas con su condición de segunda ciudad de
Portugal, las tradiciones propias de las aldeas -rurales y
costeras- que la rodean. A pocos metros del centro urbano,
comercial y burgués, están las calles de la Ribeira -el
antiguo barrio de pescadores-, que atrae a los visitantes con su
ambiente de inseguridad emocionante y retadora.
Estos
contrastes llegan hasta los propios medios de transporte. Los
barcos rabelos -que bajaban el vino de Oporto desde la región
del Douro hasta las bodegas de Vila Nova de Gaia- no han
desaparecido, ni la creación de la actual red de autobuses
urbanos desalojó de sus carriles al tranvía que une la Ribeira
con la Foz do Douro, como tampoco lo hará el futuro metro.
Oporto permite, a golpes de
paseo, pasar de la Edad Media en el barrio de la catedral o la
iglesia de San Francisco al neoclasicismo en la Factoría
Inglesa y, de aquí, volver al barroco de los Clérigos y el
Palacio del Obispo. Con sólo tomar un taxi o autobús, el salto
a la modernidad está garantizado en el Museo de Arte
Contemporáneo de Serralves o el Palacio de Cristal.
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