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La fuerte
subida, poco a poco, mermaba nuestras fuerzas. Nuestro esfuerzo
intuía ser recompensado con un lugar desconocido, pero las
posibilidades de poderlo contemplar mermaban a medida que
aumentaba una ligera niebla que iba espesando a cada paso.
Después de
una interminable hora de camino, que hice en solitario dada la
lentitud de mi paso, me topé con una pared construida en piedra
cuando estaba a tan sólo cinco metros de ella. ¡Por fin! el
refugio de Urriellu, un lugar que albergaba a un gran número de
aficionados a la montaña, y que no era difícil adivinar que
cualquiera estaba mejor preparado que nosotros.
La niebla
continuaba a la hora en que decidimos tomar posesión de
nuestras camas, unas literas corridas donde 24 personas
dormíamos en una misma habitación. Pese a dormir con las
ventanas abiertas, y los casi cero grados del exterior, lo
concurrido de nuestra habitación, permitió que gran parte de
nuestra ropa se secase durante la noche.
La mañana
siguiente, amaneció con un tímido rayo de sol, que me hizo
salir corriendo del refugio, en bañador y camiseta, sin reparar
en la baja temperatura que teníamos a las ocho de la mañana y
a casi 2.000 metros de altura. Entonces, pude contemplar la
imponente roca que surgía junto al refugio, formando una
perfecta pared con un redondeado pico: estaba ante el Naranjo de
Bulnes, o Pico Urriellu. Pese a tardar no más de dos o tres
minutos en asimilar lo que estaba viendo, y tomar un par de
fotografías, cuando quise avisar a mis compañeros de fatigas,
de nuevo, la niebla cubrió el famoso pico, sin más posibilidad
de contemplarlo que al revelar las fotografías.

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Desde el refugio de Urriellu,
las opciones, a parte de la escalada, cosa que me temo me
quedará como asignatura pendiente, era el llegar a Bulnes
deshaciendo el camino hecho hasta el Collado de Pandébano, o
descender por una serie de caminos que llevan directamente a la
aldea. Esta última opción, prevista inicialmente, curiosamente
nadie la tomaba, cosa que nos extrañó, pero que no nos hizo
cambiar de opinión. Esta alternativa, a pesar de ser la más
directa resultó ser más complicada. El camino que había
estado perfectamente continuado durante todo el trayecto, ahora
se perdía constantemente. Nuestra soledad se vio premiada con
la compañía de los inhabituales rebecos a pocos metros de
nuestro camino, y que en todo momento parecían ser espectadores
de nuestro caminar, al igual que nosotros del suyo.
Continúa
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