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Nuestro
segundo día prometía buen tiempo y nada más amanecer
continuamos nuestro camino, después de haber puesto a prueba
una recién estrenada tienda de campaña, que soportó
perfectamente toda una noche de lluvia.
El paso de
Tresviso transcurrió acompañado del auténtico canto de los
gallos y un intenso olor al humo de leña que podíamos ver
cómo se desperdigaba al salir de las chimeneas. En ese momento,
nuestra primera meta del día era Sotres, paso obligado antes de
llegar a la base del Naranjo de Bulnes.
Tresviso y
Sotres actualmente se comunican por una cómoda carretera muy
poco transitada. Alternamos esta carretera con pequeños caminos
que cruzan las verdes vegas salpicadas de rebaños de ganado que
transforman al lugar en algo idílico. No llevaríamos dos
kilómetros cuando comenzamos a plantearnos cubrir las mochilas,
ya que el buen día que prometía, parecía estropearse, y sin
haber tomado una decisión al respecto, una fuerte granizada nos
sorprendió en un lugar sin casas, sin árboles donde
resguardarnos. De esa manera, y cubriendo improvisadamente las
mochilas, apretamos el paso sin evitar lo que se convirtió en
lluvia y que nos acompañaría durante prácticamente los casi
20 kilómetros que teníamos que hacer en aquel día.

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Sotres es
una pequeña localidad situada por encima de los Invernales del
Texu, un pequeño poblado utilizado para guardar el ganado en
las épocas frías y situado en un cruce de caminos. Desde los
Invernales del Texu, una carretera comunica Sotres y Arenas de
Cabrales. Dos caminos más tiene origen en los Invernales, uno
conduce a las praderas de Áliva (junto al famoso teleférico de
Fuente Dé) y el otro al Refugio de Urriellu (la base del
Naranjo de Bulnes). Este último camino es el que debíamos
tomar, aunque la fuerte lluvia, nos hizo detenernos más de lo
previsto en Sotres, y plantearnos sin mucha convicción la idea
de renunciar a nuestra “proeza”.
Finalmente,
tomamos el camino que desde los Invernales del Texu lleva al
Collado de Pandébano, tras una infructuosa espera en la que el
sol no apareció en escena. La subida hasta allí se hace por
una pista reservada a la maquinaria agrícola que perfectamente
puede ser transitada por casi cualquier vehículo, pero entre
curva y curva surgen multitud de senderos entre arroyos, y
pequeñas arboledas que hacen sumamente agradable el camino y
muy llevaderas las temperaturas propias del verano, lástima que
no se dieron en aquella ocasión.
Llegados al
Collado de Pandébano se presentan dos alternativas de ruta:
continuar la subida hacía el Naranjo o hacía la aldea de
Bulnes. Nosotros optamos por la primera. Pronto encontramos el
Refugio de La Tenerosa, un lugar que nos sirvió para algo más
que reponer las fuerzas perdidas, ya que allí pudimos airear
algunas de las ropas que ya se habían encharcado.
A partir de
este lugar, jamás pensé lo que podía esperarme. El paisaje
cambiaba increíblemente en cada curva que daba el camino y,
afortunadamente, la lluvia fue cesando. Las verdes praderas se
transformaron en una pronunciada ladera repleta de hierba que
cortaba el angosto sendero. Los árboles de cualquier especie
desaparecían progresivamente dejando paso a la piedra
característica de esta formación montañosa.
Continúa
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