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Aquella
travesía comenzó una tarde del mes de julio, pasadas las duras
horas de calor. Una gran ilusión corría por los tres
componentes de esta pequeña expedición, una minucia para los
grandes acostumbrados a la montaña, pero un reto importante
para nosotros.
Después de
llenar nuestras mochilas con lo necesario, por experiencia y por
recomendación, el camino, en este caso de asfalto, empezó en
el pueblo de La Hermida, un lugar donde poder dejar nuestro
coche con tranquilidad. La comodidad de la carretera servía de
calentamiento para tres kilómetros más allá, en Urdón, tomar
el camino que lleva a Tresviso. Tresviso es un pequeño pueblo
de Cantabria que, aparentemente, está aislado. La Hermida, el
pueblo más cercano en el mapa, se encuentra a unos seis
kilómetros, pero ochocientos metros de altura distan entre
ellos. Durante años, el único acceso a Tresviso fue el camino
de Urdón, una zigzagueante senda que salva el desnivel en poco
más de tres kilómetros.
En una de
mis escapadas, ya no recuerdo cuando, descubrí en una postal,
la fotografía de este camino, convirtiéndose en una obsesión,
hasta que llegó el momento de afrontarlo. Hace unos años se
abrió una modesta carretera desde su vecina Sotres,
perteneciente a Asturias, que hace más fácil la vida de los
oriundos de Tresviso, condenados al aislamiento. Este nuevo
acceso sorprende a todo aquel que opta por llegar a Tresviso por
la alternativa tradicional, al encontrarse los distintos
vehículos de cada vecino al final de tan inhóspito camino.

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Los primeros
metros de este camino transcurren por una senda, sin ningún
tipo de dificultad, que parte de la central hidroeléctrica de
Urdón. Poco más allá, se convierte en una serpenteante senda
sumamente empinada que paulatinamente va sustituyendo la cómoda
tierra del camino por resbaladizos cantos rodados que agravan la
dificultad del ascenso. Metro a metro, va cambiando la
perspectiva de la Garganta de Urdón. Si no se lleva prisa, como
era nuestro caso, el camino se puede amenizar con paradas que se
convierten en pequeños descansos.
Lugares
angostos, cortes impresionantes, como el Balcón de Pilatos
(dónde se lanzaba al vacío al ganado enfermo, para que
sirviera de comida a la importante colonia de buitres que allí
habita) o las verdes praderas que acompañan a los últimos
metros del camino, de nuevo prácticamente llano, junto a
Tresviso son algunos de los momentos para deleitarnos con el
paisaje. Una de estas praderas, próximas al pueblo, fue el
lugar que elegimos para pasar la primera noche. Allí montamos
nuestra tienda y para darnos la bienvenida comenzó una
imponente tormenta de montaña.
Continúa
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