"A mis
padres, que desde muy pequeño, me inculcaron esa maravillosa
inquietud por viajar y descubrir nuevos lugares"
Hay lugares que son
difícilmente imaginables sin aglomeraciones de curiosos y
turistas. Añoro el haber disfrutado de ellos cuando para la
gran mayoría eran desconocidos.
Los Picos de Europa
es uno de esos lugares. Ligeros recuerdos, quizás aún
existentes gracias a las fotografías, conservo de mi primer
viaje a Potes cuando tenía tres años. Lo que sí recuerdo con
toda claridad es mi primera pequeña travesía por los Picos de
Europa. Por entonces, acababa de cumplir ocho años y el
desafío era llegar, a través de una senda junto a un canal de
agua, a una pequeña aldea llamada Caín. No sé si bautizado
por nosotros o por entonces se le daba ese nombre, pero durante
muchos años para mí, aquel camino de once kilómetros de ida,
más otros tantos de vuelta, se llamó el Camino a Caín.

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Años después, ya a
principios de los noventa, volvía con una gran ilusión de
aquel maravilloso lugar, donde doce años antes era un remanso
de paz, belleza y soledad, encontrándome una anunciadísima
Ruta del Cáres, donde el bullicio de los equipos de música
portátiles, las aglomeraciones y el poco cuidado de muchos “turistas
sin compasión” degradaron de inmediato esa idílica imagen
que conservaba.
A pesar de esta
pequeña decepción, los Picos de Europa siempre ha sido uno de
esos lugares a los que digo que siempre volveré, y es así, he
podido recorrer muchos de los rincones, típicos y atípicos de
estas montañas y, poco a poco, fui preparando la que era mi
meta. La meta para alguien poco deportista y con tan sólo una
gran afición a descubrir los lugares andado: llegar a la base
del Naranjo de Bulnes. En cada escapada a los Picos, fui
descubriendo cada una de las etapas, hasta que un día, me
decidí a completarla, de La Hermida a Caín.