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La montaña
de Pal-Arinsal se transforma y ofrece otros encantos en cuanto
se va el invierno y llega el verano. Cuando se retira la nieve
aparece un paisaje majestuoso y sugerente: moles de roca
desnudas, prados y bosques que no eran accesibles y ahora sí lo
son. El frío gélido deja paso al calor suave, que acompaña
pero no molesta. Surge así ante la mirada una escena bucólica,
en la que el tiempo amenaza con detenerse o, incluso, devolver
al visitante a los cuadros de los grandes museos; pero esta vez
no hay un marco limitador, no hay límites. Una escena que no
abandona el blanco invernal, pero que abre su paleta a una
extensa gama de colores… y de tonos: boscosos verdes, florales
amarillos o rocosos grises. Y no sólo. Un verdadero disfrute,
pues, para los sentidos.
Aunque no
todo cambia; el disfrute de la montaña se mantiene, sólo se
trata de saber encontrarlo. También en cuanto a las
actividades: si el esquí es para el invierno, no sólo las
bicicletas son para el verano. El contacto con la naturaleza
sugiere otra manera de disfrutarlo: sin perder el goce del
entorno, pero también abriendo la puerta a nuevas formas de
divertimento, nuevas sensaciones. Juegos, rutas, deporte,
paseos, aventura y más. No hay límite, sólo la imaginación…
o poco menos: lo que el cuerpo y la mente aguanten.
Continúa
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