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En Zahedan
había muchos afganos y mendigos durmiendo en la calle. En
esta ciudad dormí mi primera noche. La siguiente al raso,
junto con unos camioneros en la cuneta. En medio de la noche
veía salir coches o personas andando por mitad del desierto.
Kilómetros antes había un control militar y esta debía ser
su ruta alternativa para esquivarlo.
Seguía
con mi estrategia de dormir en la puerta de restaurantes, pero
en una ocasión no encontré nada y ante el acoso de los
coches en la oscuridad me tiré entre arbustos unos metros
fuera de la carretera. En medio de la noche me despertaron un
grupo de soldados corriendo con sus armas hacia mí y con un
gran foco de luz alumbrándome desde un coche. Me levanté y
gritando les expliqué que era un simple ciclista mientras les
mostraba mi bici. Estoy seguro que no entendieron nada pero
captaron en mi tono de voz verdadero miedo y parecieron
comprender mi situación… Allí me dejaron indicándome que
más abajo había un restaurante, pero una vez que se fueron
volví a echarme a dormir, cosa que conseguí con sorprendente
rapidez a pesar del susto.

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Estaba
claro que a Irán había entrado por la puerta falsa, la menos
vistosa… Poco a poco todo mejoró; la gente, la comida y las
maravillas a visitar. No obstante en mis recuerdos del sur
destacan la antigua ciudad de Bam y Kerman. También me es
fácil recordar como los coches paraban y me invitaban. Los
paisanos eran muy amables, principalmente los jóvenes que
siempre intentaban entablar amigable conversación. Disfruté
de nuevo de la vida y pasé días imborrables en Isfahán.
Sin
embargo, cuando dejaba la bici en el hotel y paseaba por las
ciudades más de uno me cerró las puertas de su restaurante o
negocio a la vez que me llamaban “afgani”. Realmente con
las barbas, el pelo largo y la ropa que llevaba podía ser
confundido con uno de ellos. Yo me sentía frustrado y no
porqué me confundieran con uno de ellos, sino porqué yo
pagaba honradamente y me comportaba con educación. Entonces,
era para mí, salvando las distancias, como ser del Real
Madrid y que los Ultra Sur pensando que eres atlético te
dieran una paliza, a pesar de tener buenos amigos atléticos…
Han pasado
los años y hoy veo las cosas de distinta forma... Los
pakistaníes y los afganos son de buen corazón, lo que sucede
es que ven las cosas de otra forma y tienen una concepcion
distinta de lo que para otros es educación o buen
comportamiento. Son más salvajes, más aguerridos o como se
quiera llamarles, y su sentido del humor es más “ácido”
que el nuestro. Yo tampoco era un tipo muy simpático en
aquella época. El calor, la locura del tráfico, el juego de
los niños “asalta ciclistas”, la comida... estaban en
contra mía… No les supe entender ni seguirles la gracia.
Sin duda, en todas partes hay mala gente pero nunca se debe
generalizar…

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En estos días, convulsos
tras el 11 de septiembre, paseo con orgullo por las calles de
Madrid con mi gorro “pasthu”, un pueblo que no entiende de
fronteras, comprado en la fronteriza, con Afganistán, ciudad de
Peshawar. Siguiendo las noticias, parece que estuviera de moda
por lo mucho que se ha visto en los informativos de televisión
o en las fotos de los periódicos. Más entre los combatientes
de la Alianza del Norte que entre los talibán. No obstante, el
gran público rápido lo relaciona con estos últimos. Siempre
es más fácil opinar, sin reflexionar, sobre “los malos de la
película” y todavía más fácil generalizar… Algunos ya
dicen: “Los asesinos no sólo son los talibán sino todos los
afganos, y no sólo ellos, sino todos los musulmanes…” Que
lapidaria y gratuita resulta esta ignorante conclusión, en la
que algunos quisieran verse respaldados para empezar a lanzar
bombas como caramelos en la Cabalgata de Reyes… ¡Curiosos “efectos
colaterales”, los de la maldita globalización mediática en
la que vivimos!
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