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Tras cruzar valles donde abundaban
albaricoques y zonas desérticas llegué a Quetta. La última
gran ciudad antes acceder a Irán. Disfruté comiendo dátiles
a precio regalado. Y fue allí donde vi la gran final del
Campeonato del Mundo de críquet, la jugaban Pakistán y
Australia. Desde semanas antes soñaba con que el país en el
que me encontraba jugara esa final y la ganara. Así podría
disfrutar de la gran fiesta que se organizaría por las
calles. Pero después de tantos avatares y llegado el momento
no me importaba lo más mínimo “la gran final” y llegué
a desear que la perdieran… No me lo estaban poniendo fácil.
Australia ganó la final y los
pakistaníes, los aficcionados, decían que sus jugadores
habían sido sobornados, que se habían vendido. A lo mejor no
les faltaba razón, pues en las clasificatorias ya habían
perdido con India, su eterno rival. La causa fue tan simple
como que los indios habían pagado a prostitutas para que sus
rivales pasaran una larga noche de pasión y no llegaran
descansados al enfrentamiento. Desde luego tras la derrota no
me hubiese gustado nada estar en el pellejo de alguno de los
jugadores pakistaníes…
De cualquier forma, bastante tenía yo con
lo mío... Sabía que me quedaba una semana de paciencia y el
desierto de Baluchistán por medio para conseguir cambiar de
país. Había aprendido la lección y al mediodía paraba, me
dedicaba a sestear o a descansar hasta que con las primeras
luces del día saltaba a la bici de nuevo. Menos gente por
estas áridas tierras y por tanto menos problemas. También
más presencia militar que me daba seguridad y a veces hasta
alojamiento.
La localidad fronteriza de Taftan era un
auténtico caos y allí tuve mi último altercado... Discutí
con un pakistaní que me quería hacer ver que su país era
muy bonito, lleno de gente amable y que los maleducados eran
los afganos. Yo no asentía, especialmente por esto último, y
llegamos a acalorarnos más que la temperatura ambiente que ya
era más que elevada…
Finalmente conseguí cruzar la frontera. En
el paso fronterizo los iraníes disponían de ordenadores,
algo que me sorprendió porque llevaba tiempo sin verlos. En
cambio, en el lado pakistaní apuntaron mi nombre a bolígrafo
en un inmenso libro de salidas. En este primer contacto
comprendí que Irán, un país islámico chiíta, tiene una
concepción religiosa y social en parte muy distinta a la de
sus vecinos.
Ahora pedaleaba sobre buen asfalto ya que
el país posee petróleo y por tanto alquitrán para aburrir.
Algo que se deja notar en los precios de la gasolina, aunque
esto a mí no me afectaba, claro. Fue tras abandonar las zonas
desérticas del sur y llegar a las más montañas cuando pude
disfrutar del líquido que yo más necesitaba: Agua… En las
grandes ciudades por las calles encontraba fuentes donde se
puede beber agua fresca ¡con hielo!, por gentileza de los
comerciantes de las poblaciones.
La primera provincia que tenía que cruzar era Sistán vía
Baluchistán. Tiene frontera con Afganistán y Pakistán y por
ella cruzan refugiados y cargamentos de droga en su camino a
Europa. La policía iraní lucha contra esto y se deja notar en
las torres de vigilancia, armadas con grandes ametralladoras,
que pude ver a lo largo de la ruta. También me solían
adelantar bastantes vehículos con policías bien armados. Me
daba cuenta que la cosa iba en serio, especialmente cuando en el
suelo a veces encontraba casquillos de bala o de proyectiles
más grandes.
Continúa

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