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Introducción
Camino de Casa
¡Tiro al ciclista!
Kalasnicof de fabricación casera
Tórrido y... sensual calor
Tras la "Gran Final" por fin Irán
Depende... todo depende
 

 

Otros Reportajes

De paso por... Pakistán
Texto y Fotos: Juan Antonio Alegre
 
 Tórrido y... sensual calor
 
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© Juan Antonio Alegre

No podía más y al echarse la noche le dije al tendero que me quedaba a dormir allí, en la puerta. Me indicó que en la oscuridad me podían matar para robarme pero yo no tenía fuerzas para continuar y seguir luchando... Finalmente me acogió un granjero vecino y dormí con él en un corral, tumbados bajo un cielo estrellado. Lo que pasó esa noche aún no sé si fue real o fruto del calentamiento cerebral… Antes de echarnos a dormir me insinuó si quería algún contacto “con tacto”. Resulta entendible que en sociedades donde las mujeres suelen estar recluidas y no se dejan ver las relaciones entre hombres aumenten... El caso es que creo que el pakistaní por la noche intentó algo más serio con lo que quedaba de mí… Yo le paré los pies y me levanté para evitar mayores. Aunque… con el paso del tiempo he llegado a pensar que sólo fue fruto de una pesadilla quizá por el efecto de la fiebre, lo cierto es que nunca llegaré a saber si de verdad le gusté tanto a mi “posadero” de emergencia.

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© Juan Antonio Alegre

Decidí cambiar de carretera, dejé la principal y empecé a viajar por secundarias, de perfil más montañoso pero con la esperanza de disfrutar de unas temperaturas algo más frescas. No estuve muy acertado, el calor más o menos era el mismo, si bien por la noche refrescaba algo, pero para colmo mi elección me llevo a una zona tribal. Volvió la agresividad, las piedras y las armas… Como en otras ocasiones, la gente del lugar me comentaba que los que incordiaban mi paso eran refugiados afganos. De esta zona recuerdo el pueblo Fort Monroe, antigua fortaleza británica, en lo alto de un paso montañoso y no pude por menos que pensar en el número de soldados de la Reina Madre que debieron morir en ese desfiladero de paredes verticales, hostigados por los antepasados de mis actuales “apedreadores”.

Solía dormir en restaurantes o en gasolineras, tirado al aire libre sobre los típicos somieres de madera y cuerdas que se usan por gran parte de oriente. Algunas veces mi compañero del momento, el dueño del negocio, se recostaba cerca con su arma entre las manos y las cintas de munición alrededor del cuerpo. En esos momentos, para conseguir dormir no contaba ovejas sino que pensaba en como actuar en caso de tener alguna inesperada visita y mi esporádico amigo decidiera hacer uso de su arma.

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© Juan Antonio Alegre

Una vez compartí cena y cama, mejor dicho habitación, con los que debían ser jefes, o como ahora los llaman “señores de la guerra”, de un valle autónomo. Al acabar de comer los “manjares”, que produjeron efectos explosivos en mi estomago, el resto de personas que presenciaban la cena se abalanzaron sobre los restos de la comida para “rematarlos”. Al día siguiente continué camino y volví a ser intimidado, posiblemente por los súbditos de los que fueron mis anfitriones. Así es la vida, unos días héroe y otros villano…

Continúa


 

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