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No podía más y al echarse la noche le
dije al tendero que me quedaba a dormir allí, en la puerta.
Me indicó que en la oscuridad me podían matar para robarme
pero yo no tenía fuerzas para continuar y seguir luchando...
Finalmente me acogió un granjero vecino y dormí con él en
un corral, tumbados bajo un cielo estrellado. Lo que pasó esa
noche aún no sé si fue real o fruto del calentamiento
cerebral… Antes de echarnos a dormir me insinuó si quería
algún contacto “con tacto”. Resulta entendible que en
sociedades donde las mujeres suelen estar recluidas y no se
dejan ver las relaciones entre hombres aumenten... El caso es
que creo que el pakistaní por la noche intentó algo más
serio con lo que quedaba de mí… Yo le paré los pies y me
levanté para evitar mayores. Aunque… con el paso del tiempo
he llegado a pensar que sólo fue fruto de una pesadilla
quizá por el efecto de la fiebre, lo cierto es que nunca
llegaré a saber si de verdad le gusté tanto a mi “posadero”
de emergencia.

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Decidí cambiar de carretera, dejé la
principal y empecé a viajar por secundarias, de perfil más
montañoso pero con la esperanza de disfrutar de unas
temperaturas algo más frescas. No estuve muy acertado, el
calor más o menos era el mismo, si bien por la noche
refrescaba algo, pero para colmo mi elección me llevo a una
zona tribal. Volvió la agresividad, las piedras y las armas…
Como en otras ocasiones, la gente del lugar me comentaba que
los que incordiaban mi paso eran refugiados afganos. De esta
zona recuerdo el pueblo Fort Monroe, antigua fortaleza
británica, en lo alto de un paso montañoso y no pude por
menos que pensar en el número de soldados de la Reina Madre
que debieron morir en ese desfiladero de paredes verticales,
hostigados por los antepasados de mis actuales “apedreadores”.
Solía dormir en restaurantes o en
gasolineras, tirado al aire libre sobre los típicos somieres
de madera y cuerdas que se usan por gran parte de oriente.
Algunas veces mi compañero del momento, el dueño del
negocio, se recostaba cerca con su arma entre las manos y las
cintas de munición alrededor del cuerpo. En esos momentos,
para conseguir dormir no contaba ovejas sino que pensaba en
como actuar en caso de tener alguna inesperada visita y mi
esporádico amigo decidiera hacer uso de su arma.

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Una vez compartí cena y cama, mejor dicho habitación, con
los que debían ser jefes, o como ahora los llaman “señores
de la guerra”, de un valle autónomo. Al acabar de comer los
“manjares”, que produjeron efectos explosivos en mi
estomago, el resto de personas que presenciaban la cena se
abalanzaron sobre los restos de la comida para “rematarlos”.
Al día siguiente continué camino y volví a ser intimidado,
posiblemente por los súbditos de los que fueron mis
anfitriones. Así es la vida, unos días héroe y otros villano…
Continúa

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