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La espera de mi visado iraní era larga y
yo me consumía… Decidí visitar Peshawar, localidad
próxima al paso del Khyber y por tanto a la frontera con
Afganistán. Me habían hablado del mercado de armas y de la
fabricación “casera” de ellas. De cómo pagando un dólar
te puedes hacer una foto con un kalashnikof; por algo más,
regateando claro, vaciar un cargador; por dos dólares
conseguir una pistola-boli o por mil todo un kalasnikof…
También había oído que ésta ciudad es un autentico
epicentro comercial de drogas y que guarda un ambiente
islámico muy conservador, influido por sus vecinos afganos,
en esa época los talibán.
Todo era verídico y palpable, pero lo que
más me impresionó fue el dormitorio del hostal donde
pernoctaba. Me fui como de costumbre al más barato, donde van
todos los travelers o mochileros. Creo que las veinte personas
más extrañas, colgadas…, realmente no sé como definirlas,
que he conocido en mi vida se encontraban allí. Gracias a la
heroína más pura y barata que pueda encontrarse, americanos,
japoneses, alemanes... o de donde procedieran, estaban más
cerca de otro planeta que de la propia Tierra.

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Deambulé durante dos días por el mercado,
las calles antiguas y la zona más moderna sin ningún
problema. Unicamente incordiaban mi paseo los paisanos que me
ofrecían algo para vender, destacando los que enumeraban una
larga lista de extraños nombres, todos haciendo mención a
algún tipo de droga. Llegué a la conclusión que los
extranjeros que van por allí en busca de sustancias, son
convulsivos y mayores consumidores que los propios del lugar,
pues para los paisanos es un hábito de toda la vida que
parecen dominar mejor.
Finalmente la burocracia me dejó seguir
haciendo camino y pedaleando llegué a Lahore tras varios
días a lo largo de la principal carretera que lleva a
Karachi. El asfalto no estaba en muy buen estado, el tráfico
era caótico y los conductores, como en todas partes, sin
respetar a un pobre ciclista. Una vez más se aplicaba el
dicho: " El vehículo con las ruedas más anchas tiene
prioridad”…
El calor seguía siendo agobiante y es que
comenzaba junio. No solo hervían mis sesos, también se
despegaban los parches de las cámaras de las ruedas y se
resquebrajaban las cubiertas… Solía parar al mediodía
durante horas pero a veces la gente me agobiaba y no me
dejaban descansar en paz. Si bien debo mencionar que muchos
días los paisanos me invitaron a bebidas y comida,
mostrándome así una hospitalidad que siempre recordaré.
No olvidaré el paso por la ciudad de
Multán. Por las tardes no te podías duchar porque el agua
abrasaba; los depósitos estaban situados en el tejado así
que el agua se iba calentando a lo largo del día. En las
horas centrales, a medio día, era imposible andar más de
doscientos metros sin parar en algún kiosco para refrescarse.
Además, el día antes de llegar me tuve
que tirar de la bici antes de caerme. La gente en el
restaurante en el que estaba me preguntaba porqué no seguía
pedaleando, agobiado y bajo un sol de justicia tuve que
sentarme encima de la bici con tal de no oírlos. Finalmente
acabé con mis huesos en el suelo, entre polvo y respirando
con la boca abierta como si hubiera sprintado por una victoria
en el Tour de Francia. Pasaban los minutos y seguía como un
pollo asfixiado. Me empezaron a rodear algunos campesinos que
decían algo de “water” y “biscuit”. Yo no decía nada
pero lo único que deseaba era que se quitasen de mi alrededor
para que la poca brisa que corría me refrescara. Pasado un
buen rato me levanté y como pude llegué a un puesto
callejero donde bebí té y comí algo.
Continúa

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