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Pues bien, fue desde Gigit hacia el sur
donde comenzó mi particular conflicto bélico con los más
pequeños de las aldeas y es que, a mi paso por ellas, los
niños me apedreaban y escupían ante la pasiva mirada de los
mayores. Cuando cruzaba un pueblo veía como la gente gustaba
de ir acompañada por su kalashnikof y como las miradas de
alguno de sus portadores no eran precisamente de hospitalidad.
Además, los chavales me agobiaban cada vez que paraba tocando
las alforjas que colgaban de la bici. Todo esto se agravaba
pues viajaba solo y lógicamente me veían más indefenso y
accesible a su curiosidad.
Los ciclistas-viajeros con los que me
cruzaba en el camino me informaban de lo que me esperaba más
adelante y que ya estaba descubriendo por mí mismo. Alguno,
como un suizo, ya entrado en años, se lo tomaba con la
paciencia de un santo como pude comprobar en su mirada de
resignación ante mi pregunta sobre los apedreamientos. Otro,
como un alemán, hacía uso de la fuerza e intentaba alejar a
la “muchachada” con una especie de porra de fortuna. Yo
siempre he comentado que este tipo de actuaciones lo que
conseguía era calentar al personal para el recibimiento del
próximo ciclista que, desafortunadamente, solía ser yo, ya
que era el primero que se cruzaba con él…

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En fin, con más pena que gloria llegué a
Islamabad. El calor empezaba a sentirse y la comida ya hacía
estragos en mi estomago. Además, los conductores practicaban
una conducción agresiva sin fijarse en el espacio que ocupaba
mi bici sobre la carretera. Estuve varios días por esta
ciudad, sin mucho encanto, realizando las necesarias gestiones
para seguir camino, pues necesitaba el visado iraní para
atravesar ese país en mi camino de vuelta a casa. No fue
fácil y necesité diez largos días de espera.
Así que me dediqué a visitar la capital,
Islamabad. Nueva ciudad con grandes avenidas, edificios
gubernamentales, embajadas y una macromezquita con cuatro
minaretes semejantes a misiles apuntando a la India… De esos
días de espera, recuerdo una noche terrible que pasé con
problemas de estomago y que acabé, en mis asiduas visitas al
servicio, usando los periódicos que me habían dado en la
embajada española como papel higiénico de fortuna. Las
noticias de mi país, del que hacía tiempo no sabía nada,
lamentablemente acabaron sin ser leídas en el inodoro.

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Realmente la visita a la embajada fue
curiosa. La gente se agolpaba en la entrada y en un momento
dado la policía empezó a repartir golpes con porras y varas
de madera. Y allí estaba yo con mis pintas después de llevar
viajando más de un año, el mismo tiempo, por cierto, que sin
afeitarme y sin cortarme el pelo. El caso es que podía ser
confundido con un pakistaní y de los de clase baja. Así que
rápido mostré mi pasaporte y con unos rápidos quiebros
entre en la zona de oficinas.
Tras mi paso por la capital me fui a Rawalpindi
(prácticamente unida a Islamabad). Una ciudad con gran historia
propia y ajena, pues en ella hubo un gran acantonamiento militar
británico. Me entretenía dando vueltas por el siempre
interesante bazar, viendo a los niños jugar al críquet o
siendo espectador de los partidos retransmitidos por
televisión. En aquellos días se estaba disputando el Mundial y
este deporte es el número uno en Pakistán. También disfrute
de una peculiar fiesta “popular” en las calles… Se
celebraba el aniversario de la fabricación pakistaní de la
bomba nuclear y había fotos de unos personajes a los que
calificaba de héroes… Eran los físicos y químicos que
desarrollaron esas armas.
Continúa

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