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Más que una visita, la finalidad de mi
viaje a través de Pakistán, consistió en cruzar este país
con motivo de mi vuelta a casa desde China. Aquel osado viaje
en bicicleta gracias al que conseguí atravesar el continente
asiático de cabo a rabo y al que llamé “ De Macao-Lisboa
en una pedalada”. Tras el cual y sin esperarlo conseguí el
premio al mejor viaje del año entregado por la Sociedad
Geográfica Española, y que tuve el placer de compartir con
Chus Lago por su ascensión al Everest… ¡sin oxígeno!.
…Recorriendo la famosa ruta de la seda
crucé la fascinante ciudad-mercado de Kasghar, que tanto
maravilló a Marco Polo, y las montañas del Pamir atravesando
el puerto de montaña del Khunjerab, a 4.730 metros de
altitud, mítico entre los viajeros a pedales. Por su vértice
esta pintada en los mapas la divisoria que marca la frontera
entre China y Pakistán. Su larga ascensión y posterior
descenso significó para mí el comienzo de un viaje rodante
por la apasionante amalgama de paisajes y ambiente humano que
es Pakistán.
Llegaba el momento de pedalear por la
histórica Karakorum Highway, una increíble línea de
comunicación, en forma de pista de tierra, a la que
ingenieros suizos calificaron de irrealizable, y que atraviesa
una de las orografías más severas del planeta, abriéndose
paso entre fascinantes montañas y profundas gargantas
abiertas a su antojo por el río Indo.
Las cabras saltando por las aéreas e
inestables paredes de ese abismo pétreo, los remolinos de
viento y los desprendimientos de rocas conseguían hacer
fascinante cada una de las jornadas de duro pedaleo. Cuando
miraba hacia abajo me encontraba con el precipicio que
conducía al violento torrente del río Indo, y si lo hacía
arriba la vista se perdía en picos que superaban los ocho mil
metros, arropados por un aplastante cielo azul infinito.
La gente con la que me cruzaba era amable y
la comida, después de tantos meses conociendo todo tipo de
fogones, no estaba mal. Me encontraba entre ismaelis, un
pueblo que depende del Agha Khan. Su paraíso se llama
Karimabad y se encuentra en el frondoso valle de Hunza. Uno de
sus “curiosos lemas” dice “con mujeres educadas
consigues niños educados”… Posteriormente lo recordaría
en muchas ocasiones y lo acabaría “comprendiendo”.
Mi ruta continuaba descendiendo hasta
llegar a Gilgit. Aquí la atmósfera era diferente. Se notaba
tensión y eran visibles muchas armas ligeras al hombro de
paisanos y de policías. A diferencia de los soldados chinos
los de Pakistán me inspiraban respeto. Son altos, con piel
oscura y mostacho. El uniforme caqui me recordaba al de los
África Korps nazi. Esa primavera, 1999, el conflicto de
Cachemira se había recrudecido y por tanto los movimientos de
tropas eran considerables. Llegué a ver compañías de
caballería con mulas y todo tipo de armamento que
amedrentaban a su paso, robando la atención de paisanos y
extranjeros.
Continúa

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