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Sumario

Introducción
Ajenos al Tiempo
Piedras que cuentan leyendas
Danza Fraternal
Contra la Acumulación de Tristeza
Viaje a Bordo del Sabor
Mágico Cambio de Luces
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Oaxaca
Donde la fuerza floreció hombre
Texto y Fotos: Victoria Sánchez.
 
 Viaje a Bordo del Sabor
 
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© Victoria Sánchez

Viaje a bordo del sabor…
El don que los oaxaqueños tienen para convertir todo lo que tocan en arte, tiene uno de sus fundamentos en la tradicional cocina oaxaqueña. Un incontable repertorio de ingredientes y sus mil y una combinaciones, fruto de siglos de fusión entre comunidades indígenas y del posterior mestizaje español, hacen que ser invitado a una mesa se convierta en todo un viaje de placer hacia el descubrimiento del sabor. No hay producto nacido de la tierra, del mar o... del aire que no tenga cabida en alguno de los platos oaxaqueños. Desde sus siete moles (a base de chocolate), y al menos 31 ingredientes, a las carnes cocinadas bajo tierra; desde sus laboriosos tamales a sus dulces de nieve o, porqué no; desde sus pétalos de rosa para postre a los platos de chapulines (saltamontes), gusanos de maguei, huevos de hormiga... En fin, todo un sin fin de atrevidas propuestas gastronómicas para saciar cualquier tipo apetito viajero, por exigente que éste sea.

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© Victoria Sánchez

Elixir de vida…
Cualquier pretexto es bueno para dejar que los “caballitos” (vasos) de Mezcal corran raudos de mano en mano. Es la bebida más popular. En toda reunión, en la sobremesa y sobre todo en los festejos, éste mágico elixir purificador anima y apacigua penas y alegrías. Generalmente son los pequeños ranchitos familiares los que se encargan de su producción a granel y que luego venden para su posterior envasado. Agustín Martínez, fundador del Mezcal “Túmbalo” nos cuenta parte de su secreto... 

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© Victoria Sánchez

“El proceso comienza con la recolecta de las piñas del Maguey que deben tener unos ocho años y que hay que desenterrar. Después las metemos en un hoyo excavado en tierra con piedras calientes en el fondo y que cubrimos con petates y tierra para que actúe a modo de horno. Una vez pasados ocho días en el horno, las llevamos al molino de piedra (tirado por una caballería) y la pasta resultante de la molienda la depositamos en una gran cuba de madera donde la dejamos fermentar unos diez días. 

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© Victoria Sánchez

Ya fermentada, la pasta la pasamos al alambique, sobre fuego, que irá generando el vapor que es conducido por el serpentín a la cuba de agua fría donde se va convirtiendo, gota a gota, en el esperado Mezcal. Finalmente, para conseguir el buen grado (38 grados) que es el que le da paladar, es necesario hervirlo tres veces a lo largo de tres días. En total, un proceso en el que colaboramos toda la familia y que viene a durar unos 22 días”... “El resultado final hay que probarlo”...

Continúa


 

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