Viaje a bordo del
sabor…
El don que los
oaxaqueños tienen para convertir todo lo que tocan en arte,
tiene uno de sus fundamentos en la tradicional cocina
oaxaqueña. Un incontable repertorio de ingredientes y sus mil y
una combinaciones, fruto de siglos de fusión entre comunidades
indígenas y del posterior mestizaje español, hacen que ser
invitado a una mesa se convierta en todo un viaje de placer
hacia el descubrimiento del sabor. No hay producto nacido de la
tierra, del mar o... del aire que no tenga cabida en alguno de
los platos oaxaqueños. Desde sus siete moles (a base de
chocolate), y al menos 31 ingredientes, a las carnes cocinadas
bajo tierra; desde sus laboriosos tamales a sus dulces de nieve
o, porqué no; desde sus pétalos de rosa para postre a los
platos de chapulines (saltamontes), gusanos de maguei, huevos de
hormiga... En fin, todo un sin fin de atrevidas propuestas
gastronómicas para saciar cualquier tipo apetito viajero, por
exigente que éste sea.

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Elixir de vida…
Cualquier pretexto
es bueno para dejar que los “caballitos” (vasos) de Mezcal
corran raudos de mano en mano. Es la bebida más popular. En
toda reunión, en la sobremesa y sobre todo en los festejos,
éste mágico elixir purificador anima y apacigua penas y
alegrías. Generalmente son los pequeños ranchitos familiares
los que se encargan de su producción a granel y que luego
venden para su posterior envasado. Agustín Martínez, fundador
del Mezcal “Túmbalo” nos cuenta parte de su secreto...
“El
proceso comienza con la recolecta de las piñas del Maguey que
deben tener unos ocho años y que hay que desenterrar. Después
las metemos en un hoyo excavado en tierra con piedras calientes
en el fondo y que cubrimos con petates y tierra para que actúe
a modo de horno. Una vez pasados ocho días en el horno, las
llevamos al molino de piedra (tirado por una caballería) y la
pasta resultante de la molienda la depositamos en una gran cuba
de madera donde la dejamos fermentar unos diez días.
Ya
fermentada, la pasta la pasamos al alambique, sobre fuego, que
irá generando el vapor que es conducido por el serpentín a la
cuba de agua fría donde se va convirtiendo, gota a gota, en el
esperado Mezcal. Finalmente, para conseguir el buen grado (38
grados) que es el que le da paladar, es necesario hervirlo tres
veces a lo largo de tres días. En total, un proceso en el que
colaboramos toda la familia y que viene a durar unos 22 días”...
“El resultado final hay que probarlo”...
Continúa
