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Estos mismos tallados vigilan
la valla de la entrada al área geotérmica de Roturoa, que a
pesar del intenso olor a azufre y el calor húmedo mantienen la
compostura. Y es que las áreas geotérmicas no son lugares del
todo hospitalarios.

En algunos puntos, el ácido
sulfhídrico gaseoso que aflora a través de la tierra, se
transforma en ácido sulfúrico cuando entra en contacto con el
agua. El resultado es que disuelve la tierra a su alrededor
creando las piscinas de barro hirviente.

Dentro de ellas el barro va
formando montículos al burbujear que son realmente entretenidos
de observar. Uno debe sentir el mismo tipo de atracción que
reúne a los jubilados alrededor de las vallas de las obras,
mientras las salpicaduras van moldeando formas caprichosas en
las laderas del montículo.

Pero sin duda alguna, las
estrellas indiscutibles de cualquier área geotérmica son los
géiseres. Algunos, como el Pohutu, están claramente
desorganizados.
En los géiseres, el agua
contenida en una grieta en la roca se calienta hasta unas
temperaturas en las que sólo el peso de la columna de agua
evita su entrada en ebullición. Sin embargo, tarde o temprano
ocurre, y cuando las primeras minúsculas burbujas de vapor de
agua rompen tímidamente la tensión superficial, toda la
columna hierve en un instante, lanzando un chorro que libera la
presión.

Lamentablemente, a algún
entrañable compañero de especie se le ha ocurrido la brillante
idea de tirar jabón en el interior de algunos géiseres, como
el Lady Knox, para romper la tensión superficial según las
conveniencias de los turistas. Debe ser esta misma, la
filosofía la que le ha otorgado el triste privilegio a las
islas de ser de los pocos lugares del mundo donde se ha llegado
a ser lo suficientemente obtuso como para trazar el recorrido de
una campo de golf en medio de un área geotérmica.
Continúa
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