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Introducción
Crónica de un abuso
Tititiri Matangi
Los Cazadores de moas
Roturoa
El país de los corderitos
Auckland
   
Guía Práctica
 

 

Otros Reportajes

Perdidos en
Las Antípodas 

Texto y Fotos: Santiago Arnalich
 
 Crónica de un abuso
 
La historia de Nueva Zelanda es la de un abuso a la inocencia. La de un paraíso amigable en la que, en completa ausencia de depredadores y con una exuberancia que imposibilitaba la competición, los insectos se hacían gigantes, los murciélagos olvidaron volar y los loros, que llegaban a pesar tres kilos, se volvían nocturnos. Era la tierra de la oportunidad, donde todos tenían cabida y en consecuencia, la vida adoptaba las formas más sorprendentes.

Y fue esa misma inocencia con la que duerme al alcance de la mano este pajarillo, la que rendió a sus habitantes absolutamente vulnerables frente a los cambios que se avecinaban.

Cuando Nueva Zelanda quedó aislada de Australia y la Antártida, sólo los animales y plantas más antiguos había conseguido embarcarse. Posteriormente, las semillas, algunos pájaros y ciertos murciélagos, capaces de cubrir la brecha por aire, se unieron para completar un sistema que se mantendría en cambio continuo hasta la llegada de los primeros hombres, los polinesios.

Si para entonces las eras glaciales y las grandes montañas, más jóvenes que la mayoría de los animales y plantas que vivían sobre ellas, ya se habían ocupado de las especies más frioleras, los pequeños grupos de los que descienden los Maories actuales consiguieron eliminar, a pesar de su escasa capacidad técnica, las especies más grandes e ingenuas, entre ellas las moas. Partes de estas infortunadas especies, juntos con las de otras más escurridizas, empezaron a introducirse en la cultura en forma de atuendos, como los curiosos gorros de pez globo.

Con la llegada del hombre occidental se cayó en una espiral de destrucción. Por un lado los cambios que causaban los colonos, abriendo los terrenos con fuego, y por otro, más importante, se introdujeron martas, armiños, hurones y sobre todo ratas, perros y gatos, contra los que los animales nativos no tenían ningún tipo de protección.

Continúa


 

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