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La historia de Nueva Zelanda es
la de un abuso a la inocencia. La de un paraíso amigable en la
que, en completa ausencia de depredadores y con una exuberancia
que imposibilitaba la competición, los insectos se hacían
gigantes, los murciélagos olvidaron volar y los loros, que
llegaban a pesar tres kilos, se volvían nocturnos. Era la
tierra de la oportunidad, donde todos tenían cabida y en
consecuencia, la vida adoptaba las formas más sorprendentes.

Y fue esa misma inocencia
con la que duerme al alcance de la mano este pajarillo, la que
rendió a sus habitantes absolutamente vulnerables frente a los
cambios que se avecinaban.

Cuando Nueva Zelanda quedó
aislada de Australia y la Antártida, sólo los animales y
plantas más antiguos había conseguido embarcarse.
Posteriormente, las semillas, algunos pájaros y ciertos
murciélagos, capaces de cubrir la brecha por aire, se unieron
para completar un sistema que se mantendría en cambio continuo
hasta la llegada de los primeros hombres, los polinesios.

Si para entonces las eras
glaciales y las grandes montañas, más jóvenes que la mayoría
de los animales y plantas que vivían sobre ellas, ya se habían
ocupado de las especies más frioleras, los pequeños grupos de
los que descienden los Maories actuales consiguieron eliminar, a
pesar de su escasa capacidad técnica, las especies más grandes
e ingenuas, entre ellas las moas. Partes de estas infortunadas
especies, juntos con las de otras más escurridizas, empezaron a
introducirse en la cultura en forma de atuendos, como los
curiosos gorros de pez globo.

Con la llegada del hombre
occidental se cayó en una espiral de destrucción. Por un lado
los cambios que causaban los colonos, abriendo los terrenos con
fuego, y por otro, más importante, se introdujeron martas,
armiños, hurones y sobre todo ratas, perros y gatos, contra los
que los animales nativos no tenían ningún tipo de protección.
Continúa
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