Como tierra bien marcada por la
historia, Navarra conserva un importante patrimonio artístico.
Parte de él son los castillos que defendieron a uno de los
primeros reinos medievales de sus vecinos, que pronto se
convirtieron en unos hermanos menores mucho más grandes. El rey
Sancho III repartió entre sus hijos sus posesiones, dando a dos
de ellos los que habrían de ser los máximos enemigos de su
propia patria, Castilla y Aragón.
En las cercanías de Sangüesa, en el
hace siglos peligroso límite con la provincia de Zaragoza,
resiste sobre una roca el castillo de Javier. Construido desde
el siglo X, fue la cuna del santo Francisco Javier. Una antigua
estructura medieval de aldea rodeaba al castillo, pero durante
el franquismo el espacio fue despejado para dar paso a un gran
explanada que nos permite disfrutar de un silueta imponente. Lo
que sobrevive actualmente es un restauración forzada por los
derribos que ordenó el cardenal Cisneros para evitar que
siguiera siendo una plaza fuerte; sin embargo, la belleza del
conjunto y del paisaje han logrado quedar intactas.

 |
Más hacia el sur, entre Tafalla y
Tudela, nos sorprende uno de los baluartes más magníficos de
toda España: el castillo de Olite. Las guerras nos dejaron
sólo una restauración, pero la diferencia entre las piedras
del siglo XIV y las del siglo XX no eliminan nada de su encanto.
Ordenado edificar por el rey Carlos III en un tiempo de paz,
difiere enormemente de las sólidas construcciones militares
castellanas. En verdad no se levantó un fuerte, sino que se
esculpió un palacio. De uno de los lugares reales más lujosos
de su época ahora disfrutamos la belleza de sus torres, el
romanticismo de sus arquerías y la solemnidad de sus estancias.
El recorrido por las habitaciones da paso a las almenas y a
intrincadas escaleras de caracol que nos llevan a lo alto, desde
donde se alcanza una nueva perspectiva de todo el pueblo y de
los viñedos. Olite es una auténtica joya.
Continúa
